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Jueves, 8 de octubre de 2026
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La mano que sostiene: cómo el contacto físico puede calmar el miedo y la ansiedad

Tomar la mano de un chico asustado, abrazar a alguien que atraviesa un mal momento o recibir un masaje no son solo gestos de cariño: también modifican lo que pasa en el cuerpo y en el cerebro. Una especialista en neurociencias afectivas explica por qué ese intercambio funciona y qué lugar ocupa en la vida cotidiana, incluso en la cultura argentina.

Por Paola MezaSociedad y vida · · hace 13 d
La mano que sostiene: cómo el contacto físico puede calmar el miedo y la ansiedad

Me crucé con Marta, 58 años, en la puerta del kiosco de siempre, y me contó algo que se le había quedado dando vueltas desde el sábado. Su nieto Joaquín, de cinco, se había enganchado con un capítulo de dibujos animados donde aparecía un monstruo que salía de debajo de la cama. «Se me prendió de la mano y no me la soltó hasta que apagamos la tele», me dijo, todavía sorprendida por la firmeza de esos dedos chiquitos. No fue un capricho: según la doctora en Neurociencias Afectivas Paula Salamone, ese gesto tiene efectos concretos sobre el cuerpo y sobre la forma en que se procesa el miedo. Tomar la mano de un adulto, recibir un abrazo o simplemente una caricia pueden intervenir en la regulación de las emociones y en las respuestas del organismo al estrés. Es un idioma anterior a las palabras, que todos hablamos desde chicos.

Qué pasa cuando alguien nos toca

Salamone, que investiga cómo se relacionan los estímulos sobre la piel con la actividad cerebral, la médula espinal y el resto del cuerpo, lo resume así: el tacto no es un lujo afectivo, es un canal de información que el sistema nervioso usa permanentemente. Cuando alguien recibe una caricia o un masaje, se modifican reacciones fisiológicas vinculadas con la relajación y con la manera en que se enfrenta una situación de tensión. Esa es la razón, explica la especialista, por la que dar la mano a un chico asustado puede atenuar el temor: el cerebro interpreta ese contacto como una señal de seguridad.

Ahora bien, no todos los contactos sirven para lo mismo. Salamone distingue entre el contacto que llega desde afuera, a través de otra persona, y el que cada uno se hace a sí mismo. Tocarse el pelo, acariciarse la barba, pasarse la mano por el brazo son gestos de autocontacto que también cumplen una función reguladora de las emociones. Pero la respuesta no es igual: el cerebro distingue entre las acciones propias, que uno anticipa y controla, y los estímulos que llegan desde afuera, que siempre tienen un componente de sorpresa.

“Las cosquillas sirven para entender esa diferencia: cuando uno intenta provocárselas, sabe dónde, cuándo y cómo va a ser el contacto, y eso baja la intensidad. Cuando las hace otro, queda la incertidumbre.”Paula Salamone, doctora en Neurociencias Afectivas

La cultura, la distancia y el cuerpo

La investigadora también pone sobre la mesa un dato que muchas veces pasa desapercibido: la cantidad de contacto que una persona tolera o espera depende mucho de la cultura en la que se crió. Salamone contó que, mientras hizo su trabajo de investigación en Suecia, conversar con un colega a tres metros de distancia era algo de lo más normal. Eso no significa que los suecos sientan menos o sientan distinto, aclaró, sino que tienen otras maneras de expresarlo y de vincularse. En países como la Argentina, donde el abrazo, el beso y la proximidad forman parte del paisaje cotidiano, el umbral de cercanía suele ser otro.

Hablando de Argentina, Salamone integra el Tango-i Lab, un grupo que estudia la relación entre el contacto y los síntomas de despersonalización, esa sensación de verse el cuerpo desde afuera que muchas personas reconocen después de momentos de mucha angustia o cansancio. El equipo también se preguntó si la falta de interacción física durante los aislamientos por la pandemia dejó huellas posteriores, y por ahora esa sigue siendo una pregunta abierta de investigación. Yo me quedo pensando en Joaquín, en su manito firme, y en la cantidad de veces que un gesto así, sin que nadie le explique nada a nadie, termina haciendo un trabajo que las palabras no pueden. Ñande (nosotros, en guaraní, la lengua que sobrevive en el nombre de ciudades, ríos y pueblos de esta tierra) aprendemos desde chiquitos que una mano tendida no es un detalle menor: es una de las formas más antiguas que tiene el cuerpo de decirle a otro que no está solo.

PM
Paola MezaSociedad y vida

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