La huerta de septiembre: cómo hacer que las plantas comestibles convivan con las flores del jardín
Cuando llega la primavera, el patio se convierte en una decisión: qué sembrar, dónde ponerlo y cómo lograr que la cosecha no peleé con el jazmín de la abuela. Una guía paso a paso para ordenar el espacio, anticipar el sol y pensar el riego antes de meter las manos en la tierra.
A María Ester, que tiene 58 años y vive en una casa chorizo de Haedo, siempre le gustó mirar por la ventana de la cocina mientras lava los platos. Hasta el año pasado, lo que veía era un paredón medianera algo gris y, con suerte, el limonero del vecino. Entonces decidió que ese era el lugar para hacer una huerta, pero no una cualquiera: quería que las plantas de tomates y albahaca convivieran con malvones y un cerco verde que tapara la vista al tendedero de enfrente. Cuando le pregunté cómo lo resolvió, se rio y me dijo: "Primero pensé qué quería mirar, y después qué quería comer". Esa es, justamente, la mejor forma de encarar el mes de septiembre: empezar por el paisaje que se desea y, sobre esa base, encajar los cultivos.
Pensar el espacio antes de comprar el plantín
La regla de oro es imaginar el tamaño definitivo de cada especie. Un laurel comestible puede alcanzar varios metros y servir, al mismo tiempo, como pantalla para ocultar lo que no queremos ver; un taco de reina, en cambio, se enreda en alambrados y rejas y los salpica de flores amarillas, anaranjadas o rojizas según la variedad. La idea es mezclar dos universos: plantas que duran varios años (romero, tomillo, orégano y el propio laurel) y cultivos de temporada que se renuevan en primavera, como tomate, albahaca, berenjena, lechuga y pepino. Esa superposición de ciclos es la que le da movimiento al jardín y asegura que siempre haya algo verde, incluso cuando termina la cosecha de verano.
- Identificar el norte geográfico para ubicar las especies que más sol necesitan: en la Argentina, el frente más asoleado suele ser el norte.
- Asegurar una boca de riego cerca, porque en primavera y verano la evaporación y la transpiración de las plantas se disparan.
- Reservar un sector para compost y humus de lombriz, ya sea en el suelo o en macetas, que mejora la estructura de la tierra y aporta nutrientes.
- Evaluar qué cultivos necesitarán protección, como una red antihilo para las frutillas, y ubicarlos donde esa cobertura no rompa la estética del conjunto.
Un detalle que muchos olvidan es el de los productos fitosanitarios. Si en la huerta crecen plantas para consumir, los insecticidas o fungicidas que se usen, incluso sobre los malvones o el cerco vivo, tienen que estar aprobados para cultivos comestibles. No alcanza con separar las plantas: el viento y el agua de riego no entienden de linderos. Por eso conviene leer la etiqueta antes de pulverizar y, si hay dudas, recurrir a opciones caseras como el preparado de ajo o el jabón potásico, que son menos agresivos para lo que después termina en la ensalada.
La huerta como paisaje, y no al revés
Lo que me gusta de esta forma de encarar la primavera es que vuelve a poner al jardín en su lugar: no es un decorado, es un sistema vivo que da de comer. La horticultura, en ese sentido, tiene su propia palabra en guaraní: "kokué", que se usa para nombrar a la huerta familiar y que, literalmente, significa el lugar donde se hace crecer la comida de la casa. Esa idea resume lo que María Ester terminó entendiendo después de un año de prueba y error: que diseñar el espacio es tan importante como sembrarlo. Y que cuando uno planifica bien, septiembre no es un punto de partida, sino el momento en que el patio empieza a parecerse a la casa que uno quiere habitar.
