Saltar al contenido
Jueves, 8 de octubre de 2026
Actualidad y noticias, al instante
Portada › Vida ›
Vida /

La culpa que heredamos: cuando los deseos de los padres pesan más que los nuestros

La psicóloga Cynthia Wila sostiene que muchas de las exigencias que cargamos en la adultez vienen disfrazadas de afecto y propone revisar de qué nos culpamos realmente.

Por Paola MezaSociedad y vida · · hace 2 d
La culpa que heredamos: cuando los deseos de los padres pesan más que los nuestros

Me lo contó Graciela, 54, mientras tomábamos unos ricos mates en la vereda de su casa, en un barrio cualquiera de Buenos Aires. Me dijo, mientras le pasaba el termo a su marido, que llevaba años sintiéndose mal cada vez que elegía algo para ella misma. Recién ahora, escuchando a la psicóloga Cynthia Wila, empezó a entender que esa sensación no había nacido sola: venía de lejos, de mandatos que nunca le llegaron con un reproche explícito y, justamente por eso, le resultaba más difícil identificarlos. Esa conversación, que se parece a tantas otras que escucho a mi alrededor, fue el punto de partida para esta nota sobre la culpa cotidiana y sobre cómo las expectativas familiares pueden seguir vigentes aunque ya seamos grandes.

Wila, autora del ensayo La culpa, publicado por Paidós, pone el foco en una pregunta incómoda: de qué nos acusamos realmente y cuánto de esa acusación responde, en realidad, a deseos de otras personas que terminamos haciendo propios. Para la psicóloga, muchas de las exigencias que pesan en la vida adulta no nacieron de un grito ni de una reprimenda dura, sino de pedidos afectuosos que, sin embargo, dejaron abierta una pregunta que nunca termina de cerrarse: qué esperan de nosotros y qué deberíamos hacer para merecernos su aprobación.

El peso de los proyectos que los padres no pudieron cumplir

La especialista explica que las aspiraciones de madres y padres suelen incluir proyectos que ellos mismos no lograron concretar en su momento. Al trasladarlos a los hijos, esas metas se transforman en una demanda difícil de satisfacer, porque cumplir con los deseos pendientes de otra persona es, en los hechos, una tarea casi imposible. Wila advierte que no hacen falta palabras hirientes para generar esa carga: alcanza con un pedido expresado con cariño para que quede flotando la inquietud por saber qué quieren los adultos y qué habría que hacer para obtener su mirada aprobatoria. Para la autora, esa búsqueda puede traducirse en angustia y en una culpa persistente.

El planteo de Wila distingue, además, entre dos tipos de normas. Están las que ayudan a convivir, como las que ponen límites a la agresividad, y están los que funcionan como mandatos que restringen las elecciones personales. Algunas de esas exigencias, dice, quedan asociadas al miedo a perder el afecto de quienes las transmiten, y eso termina condicionando decisiones importantes de las personas, incluso mucho después de haber salido de la casa de la familia.

Voces que se vuelven propias

Estas presiones no desaparecen necesariamente al crecer. Wila sostiene que las voces y los juicios recibidos durante la infancia pueden incorporarse como reproches propios. En la adultez, la exigencia puede persistir aunque ya no haya alguien formulándola desde afuera, y eso vuelve todo al autor todavía incierto, porque justamente una parcela de nuestra historia queda atada a un guion que no escribimos nosotros.

La propuesta: revisar qué se hace y qué se siente

Frente a ese mecanismo, la especialista propone detenerse a pensar qué está pasando y examinar la responsabilidad concreta por los propios actos. El eje de su propuesta es revisar de qué se acusa cada persona, en lugar de sostener un cuestionamiento permanente sobre sí misma. Wila aclara que la influencia de la familia, la educación, la religión y la cultura varía según las experiencias de cada persona, y por eso describe recorridos individuales, atravesados por palabras, gestos y situaciones vividas.

Pensando de nuevo en Graciela, aquella tarde, me quedó dando vueltas la idea de que muchas veces convivimos con una culpa que no tiene autor visible y que, sin embargo, organiza decisiones. Cuando empecé a leer a Wila, entendí por qué me decía que hacía años venía cargando con un peso que no sabía bien de dónde venía. Si hay algo que me llevo de esta conversación, y que creo que vale la pena compartir con quien las leamos, es que distinguir entre responsabilidad y reproche puede ser un primer paso para vivir un poco más livianos, ya sea para los hijos de hoy o para los adultos que todavía cargan con mandatos ajenos, ya que el idioma del afecto no siempre se traduce en libertad, y a veces lo que parece cariño termina funcionando como una jaula de palabras, mientras tanto la vida sigue, la culpa también, y la pregunta por lo que queremos hacer con la nuestra queda abierta.

PM
Paola MezaSociedad y vida

Te puede interesar