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Viernes, 9 de octubre de 2026
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La chica de la aguja: cuando la Copenhague de posguerra se vuelve un callejón sin salida para una madre desesperada

La nueva película de Magnus von Horn reconstruye un caso criminal real y lo convierte en una radiografía íntima de la pobreza y la maternidad en los años que siguieron a la Primera Guerra Mundial.

Por Aníbal BenítezCultura y espectáculos · · hace 1 h
La chica de la aguja: cuando la Copenhague de posguerra se vuelve un callejón sin salida para una madre desesperada

A veces una película no necesita grandes batallas ni escenarios desbordados para dejarnos pensando durante varios días, porque le basta con meterse en una cocina chica, en un pasillo oscuro, en la cara de una mujer que no sabe cómo va a alimentar a su hijo mañana, y desde ahí, en silencio, ir construyendo un terremoto emocional que nos revuelve las tripas y nos obliga a mirar de frente una época que, por más lejana que parezca, todavía nos habla de cerca. Eso es, para mí, lo que consigue La chica de la aguja, el filme que el director sueco Magnus von Horn estrenó el año pasado y que ya se ganó un lugar de privilegio entre los dramas europeos más inquietos de los últimos tiempos, esa clase de películas que uno termina recomendando con esa mezcla de entusiasmo y advertencia que solemos tener los que vemos mucho cine y queremos compartir lo que nos marcó.

Una Copenhague que no es postal

La historia arranca en una Copenhague de posguerra que está muy lejos de las postales lindas que uno suele tener en la cabeza, porque von Horn elige filmar todo en blanco y negro, con una fotografía que parece dibujada a carbón y que nos mete de lleno en una ciudad marcada por las privaciones, por las distancias sociales y por esa sensación de encierro que sobrevuela cada calle y cada habitación del relato. Ese entorno no es un decorado: condiciona las decisiones de los personajes y les pone un techo bajísimo a sus posibilidades, algo que uno va entendiendo mientras acompaña a Karoline, una joven trabajadora y embarazada que atraviesa dificultades económicas serias y que no encuentra en el mundo ninguna red que la contenga.

Como periodista y como espectador me parece valioso que la película no endulce la época ni la convierta en un museo: acá no hay glamour de Europa del Norte, hay hambre, hay vergüenza, hay madres que se rompen la cabeza buscando cómo resolver un embarazo no deseado en un mundo que les ofrece muy pocas salidas.

Dagmar, la mujer que sabe dónde encontrar familias

En medio de ese paisaje aparece Dagmar, a quien la actriz Trine Dyrholm compone como una figura central del relato, una mujer que se presenta como alguien capaz de conseguir familias dispuestas a recibir a los bebés de madres que no pueden criarlos. Su ofrecimiento abre, para Karoline, una posible puerta frente a un futuro que se le presenta cerrado. Lo que me parece muy logrado del guion es cómo esa ayuda inicial va mutando a medida que la película avanza, porque la información se revela de manera gradual y la confianza entre las dos protagonistas queda atravesada por una sospecha que al espectador le va subiendo muy de a poco, casi sin que se dé cuenta.

Un caso criminal real como punto de partida

  • El filme se inspira en un caso criminal real ocurrido en Copenhague, lo que le da a la ficción un ancla documental muy potente.
  • Von Horn combina ese caso con un retrato de la pobreza y de la maternidad en la posguerra de la Primera Guerra Mundial.
  • El blanco y negro es una decisión estética y política: refuerza la sensación de encierro y aleja a la película de cualquier mirada idealizada del período.
  • La pregunta que sobrevuela toda la historia es qué margen de elección le queda a una persona cuando le faltan recursos, contención y apoyo.
  • Trine Dyrholm construye a su personaje con una ambigüedad calculada que recién se termina de entender bien sobre el final.

Me animo a decir que La chica de la aguja es de esas películas que uno no recomienda livianamente, porque no es un pasatiempo ni un entretenimiento tibio: es un drama áspero, pensado, incómodo en el mejor sentido, y al mismo tiempo es una película que nos obliga a preguntarnos qué lugar les damos hoy a estos dramas basados en hechos reales cuando elegimos qué ver, una pregunta que a mí, cada vez que me siento frente a la pantalla, me parece más necesaria que nunca. Si se bancan una historia dura, visualmente hermosa y narrativamente astuta, déjenla entrar en su lista: se los digo de verdad, vale la pena.

AB
Aníbal BenítezCultura y espectáculos

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