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Viernes, 6 de noviembre de 2026
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Jubilarse sin apagarse: lo que el cerebro necesita después del trabajo

Dejar la oficina cambia el horario, los vínculos y los desafíos del día a día. Según el neurocientífico Nicolás Fernández Miranda, hay hábitos respaldados por investigaciones que ayudan a cuidar la memoria y la atención después de los 60.

Por Paola MezaSociedad y vida · · hace 1 d
Jubilarse sin apagarse: lo que el cerebro necesita después del trabajo

Hay una escena que se repite en cualquier barrio: a media mañana, con el mate todavía tibio, alguien mira el reloj de la pared y no sabe muy bien qué hacer con las horas que tiene por delante. Durante años, el trabajo le marcó el ritmo, le puso gente alrededor y le trajo problemas para resolver sin que los pidiera. Cuando todo eso desaparece de golpe, la casa se vuelve silenciosa de una manera que cuesta explicar. Por eso me pareció importante escuchar qué dice la ciencia sobre lo que pasa en la cabeza de esa persona. Según Fernández Miranda, magíster en neurociencia y autor de « Hackea tu Cerebro », al jubilarse el cerebro pierde simultáneamente un horario fijo, el contacto con otras personas, problemas que resolver y un motivo para levantarse. Esa pérdida, según explica, tiene consecuencias medibles: en un estudio realizado en el Reino Unido que siguió a más de 3.400 empleados públicos antes y después de jubilarse, el ritmo de deterioro de la memoria verbal se aceleró un 38% tras dejar el trabajo. Sin embargo, el especialista aclara que la clave no es el trabajo en sí, sino la exigencia que traía consigo, y que esa exigencia puede trasladarse a otras actividades.

El cuerpo como base

El primer hábito que señala Fernández Miranda es el ejercicio de fuerza. Una investigación de Teresa Liu-Ambrose, de la Universidad de British Columbia, siguió durante un año a 155 mujeres de entre 65 y 75 años. Las que entrenaron fuerza una o dos veces por semana mejoraron entre un 11% y un 13% en pruebas de atención, mientras que el grupo que hizo ejercicios de equilibrio no registró mejoras. El mecanismo que se propone tiene que ver con el músculo en actividad, que libera moléculas que estimulan la producción de BDNF, una proteína que favorece el crecimiento neuronal. El sueño ocupa el segundo lugar en esa lista. Séverine Sabia, del University College de Londres, siguió a casi 8.000 personas durante 25 años y encontró que quienes dormían seis horas o menos en la franja de los 50, 60 y 70 años tuvieron un 30% más de riesgo de demencia. Según se explica, durante el sueño el líquido que rodea las neuronas arrastra desechos celulares, entre ellos proteínas asociadas al Alzheimer.

La mentalidad importa

Otro factor que aparece en el material es la actitud frente al envejecimiento. Becca Levy, de la Universidad de Yale, midió durante décadas el efecto de esa actitud. Las personas con una visión positiva vivieron en promedio siete años y medio más y, en un estudio con 4.765 participantes, tuvieron un 44% menos de riesgo de demencia. La explicación que se da es funcional: quien piensa que ya está grande para ciertas cosas deja de exigirse, y el cerebro desactiva lo que no usa. Es una idea que, leída así, suena simple, pero que pesa mucho cuando uno se mira al espejo.

Qué actividades sí entrenan

Entre las actividades cotidianas, el material menciona la caminata. Según un estudio de Kirk Erickson, de la Universidad de Pittsburgh, caminar de forma regular hace crecer el hipocampo, la zona del cerebro donde se forman los recuerdos nuevos. La nota original continúa con otros hábitos, pero el texto disponible se corta ahí, así que hasta este punto llega lo que puedo contar con respaldo.

Volviendo a aquella mañana con el mate frío y el reloj en la pared, la lectura que me queda es bastante tranquilizadora. Dejar el trabajo no condena a nadie a perder la memoria, pero sí deja un vacío que conviene llenar con algo que exija esfuerzo, que mueva el cuerpo, que permita dormir bien y que mantenga la cabeza ocupada con cosas que cuesten un poco.

PM
Paola MezaSociedad y vida

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