Iñárritu vuelve a las tablas con Tom Cruise y una pregunta que incomoda
Digger, la nueva película del director mexicano, lo reencontró con el territorio de Birdman pero le dio un giro más oscuro: la relación entre el dinero que financia el arte y la creación que pretende denunciarlo.
Yo no me olvido de los chamamés que me cantaba mi viejo los domingos a la mañana mientras freía los huevos para el almuerzo, y siempre me viene a la memoria esa copla que dice que el que tiene el mandado tiene el poder, y que el que tiene el poder tiene la palabra. Me acuerdo de eso cada vez que me siento frente a una pantalla y un director se atreve a preguntar algo que incomoda. Por eso me siento tan cerca de este regreso de Alejandro González Iñárritu, el mexicano que una vez nos hizo creer que un superhéroe podía deambular por los pasillos de un teatro de Broadway, y que ahora vuelve a ese mismo territorio con un que se llama Digger y que tiene a Tom Cruise como protagonista absoluto, en lo que ya se perfila como una de las apuestas más arriesgadas de la temporada de premios que se viene.
La película, que se conoció en las últimas horas con más detalle, significa para Iñárritu un reencuentro con el mundo que exploró hace más de una década en Birdman, aquella historia de 2014 que le valió el Oscar a la mejor película y que quedó en la memoria grande del cine por su falso plano secuencia, por su batería en calzoncillos y por su manera de meter al espectador dentro de un teatro neoyorquino como si fuera un backstage de pesadilla. Aquel filme, que en su momento fue leído como una celebración desmedida del arte y de la reinvención, tenía algo de festivo, algo de jolgorio, algo que invitaba a pensar que el artista podía salir airoso de cualquier encerrona. Digger, en cambio, corre ese velo y se planta en un lugar bastante más incómodo.
Un artista, un magnate y la hija en el medio
El punto de partida es simple y a la vez envenenado: Cruise interpreta a un hombre de teatro, alguien con un nombre pesado en el circuito off, que acepta el respaldo económico de un magnate para producir su obra. El objetivo declarado es artístico, pero el verdadero motor es íntimo: la hija del personaje atraviesa una situación crítica, y ese mismo entorno de poder que ahora lo financia es parte del problema que la originó. La contradicción, como se ve, no está en los márgenes sino en el corazón mismo de la película, y desde ahí se derrama hacia cada decisión creativa que se toma en el relato.
A mí, que me crie escuchando historias de payadores en las plazas del Litoral y que aprendí de chico que toda pulseada tiene dos lados, esta idea me resulta familiar: el que denuncia al patrón desde el escenario necesita, para que suene fuerte el grito, de la plata del patrón. Es la misma lógica del cantor que se queja de la patronal en un festival patronal, y que sabe que sin esa guita no hay escenario, no hay sonido, no hay público. Iñárritu lleva esa intuición al cine con la precisión de un relojero y con la mala leche de un costurero que sabe dónde pinchar para que duela.
- La película prescinde del falso plano secuencia que fue marca registrada de Birdman, pero hereda casi todos los demás recursos formales de aquella, incluida la cámara que parece pegada a la piel de los personajes.
- Donde Birdman dejaba cierto margen para el optimismo y para la reconciliación final, Digger cierra con muy pocas concesiones y señala sin anestesia las contradicciones estructurales de trabajar dentro de una industria que depende de grandes capitales.
- El financiamiento privado no aparece como un problema ajeno al relato sino como un actor más, que condiciona decisiones artísticas desde el primer día y que vuelve hipócrita cualquier gesto de denuncia.
- La película muestra cómo el público, al aplaudir la caída simbólica de un magnate dentro de una sala, ejerce una catarsis que no tiene ningún correlato en la vida real, y lo muestra sin ironía barata.
Ahora bien, no todo es elogio en esta vuelta. La propia apuesta más radical de Digger, ese dejar de hacerle guiños al espectador y plantarse en la incomodidad, es a la vez lo que la hace única y lo que la puede dejar afuera del juego grande de los premios. En el circuito de estatuillas, como sabemos los que miramos esta carrera desde hace décadas, suelen pesar más los filmes de alcance comercial masivo, los que seducen al votante promedio de la Academia y al de los sindicatos, que las obras que incomodan y que obligan a pensar. La única variable que podría torcer ese cálculo es, claro, una actuación de Tom Cruise lo suficientemente poderosa como para convertirse en el eje de la campaña, en ese tipo de que arrastra adhesiones sin necesidad de pedir el voto.
“¿Puede el cine denunciar al dinero que lo financia sin volverse parte del problema?”La pregunta que Digger deja flotando en la sala
A mí, que ya peino canas y que vi la primera etapa de Iñárritu cuando todavía era el de Amores perros y Babel, me cuesta no emocionarme con que un director de su tamaño se siga haciendo esa clase de preguntas en vez de jugar a lo seguro. Le recomiendo a quien tenga curiosidad que siga de cerca el recorrido de Digger en los próximos meses, porque más allá de que gane o no gane un premio, lo que propone es de esas películas que dan ganas de discutir a la salida, en el bar, con un par de copas de vino y la convicción de que el arte todavía puede servir para pensar el mundo en el que vivimos, aunque ese mismo mundo sea el que le pague la cuenta.
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