Hayato Date, el director que le dijo no al mundo para salvar a Naruto tal cual lo soñó Kishimoto
El realizador japonés reveló que soportó presiones de productoras y medios internacionales paraar la serie, y optó por un camino contracorriente: preservar la identidad de la obra de Masashi Kishimoto aunque eso le costara en el mercado estadounidense. Su regla fue simple: si le sacaban los kunai, dejaba de ser Naruto.
Tengo que confesar algo antes de arrancar esta nota: cada vez que escucho el tema de apertura de Naruto, ese Naruda uzu futatsu hikari ki no yado aru saki ni, siento que vuelvo a la infancia, a esas tardes de dibujito en el Canal 13 de los noventa donde los ninjas de la Aldea Oculta de la Hoja corrían por la pantalla y uno, sin saber nada de shonen ni de shonen manga, se quedaba pegado al televisor como si el mundo se hubiera terminado afuera. Por eso, cuando me crucé con las declaraciones que Hayato Date, el director del anime, hizo en una presentación en Anime India, no pude evitar leerlas con esa mirada de fan grande que todavía se emociona con un kunai bien lanzado. Lo que contó este realizador, conocido en la industria simplemente como Date-san, es una de las defensas más firmes que yo recuerde de la idea de que una obra japonesa debe seguir siendo japonesa aunque el negocio llame a la puerta de afuera.
La presión que llegó antes del primer dibujo
Cuando arrancó la producción del anime, a fines de la década del noventa, el manga de Masashi Kishimoto ya era un fenómeno que había cruzado las fronteras de Japón. Medios de prensa de Estados Unidos y de otros países se sentaron en la conferencia de producción y mostraron un interés inusual para la época en una serie animada nipona. Date, que ya venía de dirigir series como Naruto y que se había ganado el apodo de Date-sensei entre los equipos de animación, lo recordó sin anestesia: Para ser sinceros, cuando hicimos Naruto, incluso entonces, ya había una gran presión para hacer que la serie vendiese bien fuera de Japón, señaló el director en aquella presentación. La frase, traducida del inglés de la conferencia, revela una pelea que muchas veces queda silenciada: la de los creadores que deben decidir si hacen la obra que sienten o la obra que les piden los mercados que mueven la billetera.
Frente a ese escenario, Date eligió un camino que en la industria se considera casi una herejía: Simplemente no se puede crear algo si te estás preocupando constantemente sobre gustar a la audiencia extranjera, afirmó, y a partir de ahí plantó bandera. La estrategia que adoptó fue concreta y la repitió como un mantra delante de su equipo: antes de tomar cualquier decisión sobre un capítulo, sobre un personaje, sobre un giro dramático, había que hacerse una sola pregunta, qué se necesitaba para que la serie funcionara en Japón. Todo lo demás quedaba en segundo plano, incluso las quejas que empezaban a llegar desde el otro lado del Pacífico.
Las quejas desde Estados Unidos y la decisión de no tocar los kunai
La serie, como sabemos los que la seguimos cuadro por cuadro, está atravesada por el uso de armas blancas. Los kunai, esas dagas ninja que los shinobi lanzan en combate, son una marca registrada del universo de Kishimoto. En el mercado estadounidense, donde la serie se emitió primero por canales especializados y después por el enorme empujón de Cartoon Network y luego de plataformas de streaming, esas armas despertaron críticas de sectores que pedían suavizar el contenido para una audiencia más joven. Date lo contó con la misma franqueza de siempre: Si quitas los kunai, ya no es Naruto, dijo, y cerró la discusión. Para él, la prioridad era que el público extranjero viera la serie tal como era, sin adaptaciones que le diluyeran la identidad, y esa fue la línea que mantuvo durante los más de doscientos episodios que dirigió.
Una decisión que terminó dándole la razón al paso del tiempo
Mirado con los ojos de hoy, el resultado le dio la razón a Date y a todo el equipo de producción. Naruto se convirtió, junto a Dragon Ball de Akira Toriyama y a One Piece de Eiichiro Oda, en uno de los animes con mayor alcance global de las últimas décadas, y lo hizo sin necesidad de traicionar ni la violencia gráfica de ciertos combates ni el diseño de personajes que firmó Kishimoto-sensei desde las páginas de la Shonen Jump. La franquicia se expandió a películas, videojuegos, merchandise, una secuela llamada Naruto Shippuden y un sinfín de productos que sostienen a la marca todavía vigente. Y ahora, con una película de acción real en desarrollo bajo la dirección de Destin Daniel Cretton, la pregunta sobre hasta dónde adaptar la obra vuelve a estar sobre la mesa. Date construyó Naruto desde la autenticidad de la fuente; el equipo de la producción estadounidense tendrá que decidir si sigue ese camino o toma otro.
Lo que dejó Date como enseñanza
- Que la presión de los mercados internacionales no define la identidad de una obra japonesa si el director tiene claro su público local.
- Que el uso de armas de filo como el kunai no es un accidente sino un elemento central de la mitología shinobi de Kishimoto.
- Que ignorar las quejas externas puede ser una decisión artística y también comercial, como terminó demostrando el alcance global de la serie.
- Que el legado de Date convive hoy con un nuevo desafío, el de la adaptación live action, donde la tentación de suavizar el material vuelve a aparecer.
Yo, que sigo a Naruto desde aquella tarde de dibujito y que todavía tarareo el chamamé del opening cuando se me cruza por la cabeza, le recomendaría al equipo de Cretton que lea esta historia con detenimiento. No se trata de hacer un panfleto ni de declamar contra Hollywood, sino de entender que hay obras que, cuando se las toca sin respeto por su origen, pierden lo que las hace únicas. Si me preguntan a mí, como lector y como espectador de toda la vida, prefiero una película fiel a esa aldea de la Hoja que soñó Kishimoto, aunque eso signifique dejar los kunai donde siempre estuvieron. Es mi modesta opinión, y como siempre digo acá, en Cultura y Espectáculos: la mejor adaptación es la que entiende que no necesita adaptarse.
