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Esas llagas en la boca que aparecen sin aviso: cuándo dejarlas correr y cuándo golpear la puerta del médico

Aftas, estrés, vitaminas y señales que el cuerpo manda cuando algo más profundo está pasando. Una guía para entender por qué la boca a veces se rebela y en qué momento conviene no hacerse el distraído.

Por Paola MezaSociedad y vida · 8 de septiembre de 2026 · hace 1 h

A Susana le pasa cada vez que cierra el mes en la oficina. Tiene 52 años, vive en Lanús y trabaja en administración, y cada vez que la facturación se desborda aparece la misma molestia: una llaga chica, redonda, blanquecina en el borde interno del labio que le impide comer sin hacer una mueca. "No le doy bolilla, se me va sola", me dice mientras tomamos un café con leche en la esquina de su casa, como si fuera un dato menor del parte meteorológico. La realidad es que las aftas son tan comunes que muchas personas las naturalizan, y ahí empieza el problema: no todas las lesiones de la boca son lo mismo, y aprender a leerlas puede ahorrar un disgusto.

Las llamadas úlceras bucales, esos puntitos dolorosos que aparecen en la cara interna de las mejillas, debajo o sobre la lengua, en las encías, en el paladar blando o en el interior de los labios, suelen tener un centro blanquecino, gris o amarillento rodeado por un halo rojizo, y muchas veces avisan antes con un ardor o un hormigueo en la zona. Conviene no confundirlas con el herpes labial, que sí aparece por fuera de los labios y se contagia; las aftas van por dentro y no se transmiten. Es una diferencia clave, porque el tratamiento y la mirada sobre una y otra cambian.

Por qué aparecen y qué las alimenta

La lista de desencadenantes conocidos es más larga de lo que uno imagina. Morderse la mejilla sin querer, un cepillado demasiado enérgico, el roce con un aparato de ortodoncia o con una prótesis mal ajustada, y hasta una quemadura con el café que estaba demasiado caliente forman parte del primer capítulo. Después aparecen los factores más íntimos: el estrés acumulado, las noches mal dormidas, los cambios hormonales que acompañan a la menstruación o al embarazo. Como me decía una odontóloga que conozco hace años, "la boca no miente, registra todo lo que le pasa al resto".

La alimentación también tiene voz en esta historia. Carencias de hierro, ácido fólico, zinc, vitaminas del complejo B y vitamina D aparecen una y otra vez en los estudios que vinculan la dieta con la aparición de aftas. Un metaanálisis publicado en 2024 en la revista BMC Oral Health encontró que las personas con aftas recurrentes mostraban con mayor frecuencia déficit de vitamina B12, bajas reservas de hierro medidas por ferritina y niveles reducidos de hemoglobina. Los propios autores aclararon que esa asociación no implica una relación de causa y efecto, y que en algunos indicadores la evidencia disponible sigue siendo limitada. Aun así, conviene tenerlo en cuenta, sobre todo en mujeres en edad fértil, vegetarianos estrictos y adultos mayores.

Cuando la afta no viene sola: lo que puede estar detrás

Cuando las lesiones se repiten, aparecen varias a la vez o se hacen demasiado grandes, la explicación a veces está en una enfermedad de base que nada tiene que ver con la boca. Entre las condiciones asociadas se mencionan la celiaquía, la enfermedad de Crohn, el lupus, la enfermedad de Behçet, la artritis reactiva, infecciones virales, bacterianas o fúngicas, y estados de inmunidad debilitada, incluido el VIH. No se trata de pensar en lo peor ante cada llaguita, sino de entender que el cuerpo a veces manda señales por lugares inesperados, y la mucosa bucal es uno de esos territorios donde mucho se refleja.

  • Una llaga que no se cura pasadas dos o tres semanas.
  • Lesiones que crecen de tamaño o que superan el centímetro de diámetro.
  • Aparición de aftas nuevas antes de que las anteriores hayan cicatrizado.
  • Dolor intenso que impide comer, hablar o dormir con normalidad.
  • Fiebre, decaimiento general o síntomas digestivos asociados, como diarrea o dolor abdominal.
  • Aftas que se extienden a los labios externos o que aparecen junto con lesiones en otras mucosas o en la piel.

Cómo se trata y qué se puede hacer en casa

Las aftas pequeñas y aisladas, las más habituales, suelen resolverse solas en una o dos semanas sin dejar marcas. Las variantes mayores son menos frecuentes pero más profundas y dolorosas, y pueden tardar hasta seis semanas en cerrar. Existe también una forma compuesta por múltiples ulceraciones diminutas que tienden a agruparse, más rebelde y molesta. Para los cuadros leves se suelen usar geles tópicos con anestésicos, enjuagues con antisépticos suaves y, en algunos casos, productos con ácido hialurónico o con corticoides de aplicación local. Ajustar la alimentación, evitar alimentos muy ácidos o picantes y revisar el estado nutricional con un análisis de sangre suelen ser los pasos siguientes.

Susana, mientras tanto, ya empezó a notar que sus llagas coinciden con las semanas de mayor presión en el trabajo y con semanas en las que come mal, a las apuradas, casi de parado. Todavía no fue a hacerse un chequeo, pero después de esta conversación me dijo, casi como al pasar, que va a pedir turno con su clínica para un análisis de sangre. Le recordé que la palabra guaraní que mejor describe lo que siente es justamente la que usamos cuando algo del cuerpo avisa: "yvy". La tierra, lo que está debajo, lo que sostiene. A veces, las aftas son apenas un recordatorio de que debajo de la rutina hay cosas por revisar. Escucharlas a tiempo puede hacer la diferencia entre una molestia pasajera y un diagnóstico que llegue cuando todavía hay margen para actuar.

PM
Paola MezaSociedad y vida

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