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Jueves, 8 de octubre de 2026
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El mar que vuelve: «Rose of Nevada» y la pesca que se anima a soñar

George MacKay y Callum Turner zarpan en una historia con aroma a Cornwalles y a chamamé, donde un barco que regresa después de treinta años arrastra consigo la fantasía, el dinero justo para arreglar un techo y la melancolía de los pueblos que viven del mar.

Por Aníbal BenítezCultura y espectáculos · · hace 9 d
El mar que vuelve: «Rose of Nevada» y la pesca que se anima a soñar

Les voy a ser sincero, lector: cuando uno se cruza con una película británica rodada en dieciséis milímetros, ambientada en un puerto de Cornualles y poblada por pescadores con problemas tan terrestres como goteras en el techo, no espera que la historia se vaya al cosmos. Y sin embargo, así es «Rose of Nevada», la tercera película del realizador Mark Jenkin, que vuelve a poner la mirada sobre la vida costera del Reino Unido como ya hiciera en su premiada «Bait». El resultado es una rareza entrañable, de esas que uno recomienda de madrugada a un amigo después de un asado.

La propuesta arranca con un hecho insólito: el pesquero que da nombre a la película reaparece en el puerto después de treinta años de ausencia. No hay explicación racional para el fenómeno, y el filme tampoco se molesta en buscarla con desesperación. Lo que hace Jenkin es tomar ese regreso como una puerta abierta y dejarse llevar por las razones por las que dos hombres muy distintos deciden embarcarse.

Dos razones para subir a un barco

  • Uno es un padre joven, con lo justo para vivir, que necesita el dinero que pagará la temporada de pesca para arreglar el techo de la casa donde crece su familia.
  • El otro es un hombre que busca alejarse de su propia historia, un poco como esos personajes que en las canciones de mi Litoral aparecen mirando el río para no mirar su vida.
  • Los dos terminan aceptando integrar la tripulación de un barco al que los vecinos del pueblo aceptan con más resignación que entusiasmo, porque conseguir gente dispuesta a hacerse a la mar no es tarea fácil en estos tiempos.

Esa es, me parece, la columna vertebral del filme: la economía cotidiana como motor de lo extraordinario. Jenkin no necesita grandes efectos para hablar de viajes en el tiempo. Le alcanza con la textura granulosa del celuloide gastado y un montaje que desordena las secuencias, intercala presente con recuerdos y deja al espectador con la sensación de haber perdido una hora y recuperado algo más valioso, como cuando uno se reencuentra con un disco viejo que creía perdido y termina llorando en la cocina.

El mar como personaje y como drama

Hay algo muy del Río de la Plata en la forma en que Jenkin mira a estos pescadores. La falta de recursos, los peligros del oficio, la pesca como actividad de la que la comunidad no puede prescindir aunque a veces no le alcance: todo eso forma parte del vínculo que los personajes mantienen con el lugar. No es un paisaje decorativo, es un modo de vida que la película retrata con la dignidad que merecen quienes madrugan para ganarse el pan frente al agua. George MacKay y Callum Turner se hacen cargo de los dos polos de esa experiencia: uno representa la necesidad pura, el otro la fuga. Y el director los deja respirar, sin subrayar las diferencias, dejando que el espectador vaya armando el rompecabezas temporal.

El reparto se completa con intérpretes que ya habían pasado por los filmes anteriores de Jenkin, lo que le da al conjunto ese aire de compañía estable, de pueblo chico donde todos se conocen. Y aquí aparece, para mí, la mejor noticia: Jenkin vuelve a poner su cine en Cornualles, esa costa áspera del suroeste inglés que en pantalla parece hermana de nuestros pueblos sobre el Paraná. Una costa donde las decisiones de un par de hombres terminan diciendo algo sobre cómo nos vinculamos con el trabajo, con el tiempo y con las cosas que vuelven cuando ya no las esperábamos.

Una recomendación en primera persona

Si me preguntan qué película ver este finde, les digo que se den el gusto con «Rose of Nevada». Es cine raro, es cine paciente, es cine que huele a sal y a combustible de barco. Y como todo chamamé que se precie, termina dejándolo a uno con la certeza de que irse y volver son, en el fondo, la misma cosa.

AB
Aníbal BenítezCultura y espectáculos

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