El "León" se fue en pleno y dejó una camada de discos que todavía no escuchamos: la familia Rada abre la tranquera del archivo
Lucila Rada contó cómo fue el instante final junto a su padre, el velatorio en el Palacio Legislativo, la marcha con candombe hacia el Cementerio del Norte y, sobre todo, anunció que hay más de diez discos inéditos que irán viendo la luz de forma gradual. Una crónica íntima de la despedida del uruguayo que le cantó a la vida como si cada día fuera el último.
Ayyyy, Rubén, cómo me cuesta arrancar esta nota sin que se me apriete la garganta, porque le juro que al Lobo Rada lo escuché desde que era un pibe y me sentaba a comer locro los domingos de julio mientras mi viejo le daba cuerda al tocadiscos y sonaba esa voz inconfundible que parecía venir del propio río Uruguay, y ahora me toca escribir sobre su partida sin poder evitar que la memoria se me llene de imágenes de cuando lo vi por primera vez en un escenario de Buenos Aires allá por los años ochenta, cuando todavía era un mocoso de rizos largos que se movía como si el aire le obedeciera, y ya que estaba presenciando el nacimiento de algo que iba a terminar siendo mucho más grande que una simple carrera musical.
El instante 0 y el km 0 de un dolor compartido
Ahora bien, lo que me interesa contarle al lector tiene que ver con lo que su hija mayor, Lucila Rada, describió con una honestidad que a mí, como periodista y como uruguayo de adopción afectiva, me sacudió de verdad: el miércoles 26 de agosto la familia estaba reunida alrededor del León cuando llegó ese momento que todos sabemos que va a llegar pero que nunca estamos preparados para recibir, y ella lo bautizó con una palabra que me pareció exacta, el instante 0 de una despedida que enseguida se transformó en otra cosa, porque cuando salieron de la sala y miraron los teléfonos se encontraron con cientos de mensajes que les hicieron comprender que aquel dolor no era únicamente de ellos sino que se había extendido como un campo magnético por todo el Río de la Plata, y fue entonces cuando ese instante cero se convirtió en lo que Lucila llamó el km 0 de un camino colectivo que todavía hoy, varios días después, sigue transitándose.
“Nos dimos cuenta de que el dolor era generalizado. Lo que empezó como un instante íntimo se transformó en un km 0 que estamos caminando juntos.”Lucila Rada
El velatorio en el Palacio Legislativo: baile, llanto y mucha risa
Y acá viene la parte que a mí, particularmente, me reconcilia con la idea de que un pueblo puede despedir a los suyos con la dignidad que merece, porque el velatorio se realizó en el Palacio Legislativo y la familia fue recibiendo a personas de todas las generaciones y de todos los sectores imaginables, desde el fan que había aprendido a tocar la batería con los discos del León hasta el funcionario que simplemente quería dejar una flor, y Lucila destacó que lo que más les quedó grabado fueron los rostros de la gente, atravesados por una tristeza que ella definió con mucha precisión como una tristeza sin amargura, algo que a mí me parece la mejor manera de describir lo que pasó en ese salón donde hubo abrazos largos, ofrendas inesperadas, llanto compartido y también, y esto es lo que más me emociona, momentos de baile mientras la voz de Rada sonaba de fondo, porque él siempre dijo que la música era para celebrarla y no para encerrarla en un museo, y la familia entendió perfecto eso.
Diez discos sin publicar: el archivo que la familia promete abrir de a poco
Pero lo que a mí, como periodista cultural, me parece la noticia más fuerte de todo el mensaje de Lucila es lo que ella dejó para el final, porque resulta que el León se fue dejando más de diez discos inéditos, una producción que la familia tiene la intención de ir haciendo llegar al público de manera gradual, de a poco, sin apuro, para que cada disco encuentre su momento y su público, y eso a mí me parece una decisión muy sabia y muy respetuosa del legado de un artista que durante más de seis décadas nunca dejó de crear, porque Rubén Rada no era de esos músicos que se jubilaban, era de los que se sentaban todos los días frente al piano o la batería con la misma curiosidad del primer día, y la idea de que todavía quedan canciones suyas que no escuchamos me produce una mezcla rara de tristeza y de ilusión que no sabría bien cómo definir, pero que me parece exactamente la sensación que él hubiera querido dejarnos.
Le voy a ser sincero, querido lector: yo no tengo ninguna certeza sobre cómo se irán conociendo esos discos, ni en qué orden, ni con qué criterio, pero sí tengo la íntima convicción de que vale la pena esperar cada uno de ellos como se espera la visita de un amigo querido que uno sabe que va a llegar pero cuya llegada siempre lo sorprende, y mientras tanto me queda el consuelo de haberlo escuchado en vida, de haberlo visto subir a un escenario con esa energía de pibe que nunca lo abandonó, y de saber que, como él mismo cantó en Muriendo de plena, se fue en pleno, en el medio de su mejor momento creativo, que es la única manera en que un músico verdadero puede irse de este mundo.
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