El eco del 11-S en los hijos: cuando la herida de los padres se vuelve propia
Una investigación de la Universidad de Columbia revela que más del 20 por ciento de los hijos adultos de rescatistas de los atentados de 2001 atraviesa hoy depresión y ansiedad, sin haber pisado nunca la zona cero. El trauma, concluye el estudio, se hereda en la convivencia cotidiana, en los silencios y en los miedos que los padres no siempre pueden nombrar.
Es una de esas tardes en las que el barrio parece suspendido en una siesta larga. Yo estoy en la cocina, preparando un mate, cuando Graciela, mi vecina de toda la vida, me dice que su hija más chica le preguntó otra vez por qué su padre duerme mal y se sobresalta con cualquier sirena. Graciela tiene 58 años y nunca trabajó en una emergencia, pero mientras escucho su relato pienso en algo que leí esta semana y que, de tan lejano, parece rozar lo suyo: una investigación de la Universidad de Columbia que siguió durante un cuarto de siglo a los hijos de los hombres y las mujeres que corrieron a apagar el fuego de las Torres Gemelas el 11 de septiembre de 2001.
La palabra que los investigadores usan para describir lo que ocurre en esos hogares es transmisión, pero a mí me gusta más pensarlo como ñeheñói, esa voz guaraní que usamos para nombrar lo que se hereda de generación en generación sin necesidad de documentos ni de testamentos. Lo que se transmite, en este caso, no es un apellido ni una casa: es un miedo, una desconfianza, una manera de habitar el mundo que los padres muchas veces no pueden poner en palabras porque ni siquiera se lo dicen a sí mismos.
Lo que dice el estudio y por qué importa
El trabajo, publicado en la revista PLOS Mental Health, siguió a 270 hijos adultos de 176 familias de rescatistas y trabajadores de recuperación que habían sido diagnosticados con trastorno de estrés postraumático (TEPT) poco después de los atentados. Todos los participantes eran menores de 18 años el día de la tragedia, es decir, ninguno estuvo en la zona cero. Sin embargo, los números que arrojan las encuestas son contundentes:
- Más del 20 por ciento de esos hijos adultos presenta hoy depresión.
- Más de una cuarta parte padece algún trastorno de ansiedad, incluido el pánico.
- El patrón dominante en la descendencia no es el TEPT, sino la depresión y la ansiedad, cuadros más coherentes con una exposición prolongada al sufrimiento de un progenitor que con un shock propio.
- El riesgo fue mayor cuando el padre o la madre había llegado temprano al sitio, permaneció allí más tiempo durante los primeros veinte días o estuvo expuesto a restos humanos.
Para la psicóloga Yael Cycowicz, autora principal del estudio, la explicación es a la vez simple y desgarradora: los hijos no necesitaban hablar del 11-S para cargarlo. «No tenían que hablar de eso, pero en su conducta comunicaban de algún modo su miedo, ansiedad, desconfianza y preocupación», señaló. Es decir, el mensaje llegaba por otros canales: en una noche mal dormida, en un portazo que asusta más de la cuenta, en un padre que mira la calle como esperando algo.
El equipo también midió cómo pesa la relación cotidiana entre padres e hijos. Los vínculos más negativos se asociaron con más síntomas depresivos y con trastorno por consumo de alcohol en los hijos; una menor calidez en el trato se relacionó con más ansiedad. Y al revés: el apoyo social fuera del hogar operó como un amortiguador. La conclusión es clara y tiene cara de sentido común: cuando un padre o una madre carga un trauma sin tratar, toda la familia lo paga.
Una herida que pide tratamiento para todos
Lo que el estudio de Columbia viene a decir, en el fondo, es algo que a veces se nos olvida cuando hablamos de salud mental: el paciente nunca es solo uno. Atender al rescatista sin atender a su entorno familiar es dejar la herida a medio cerrar. Por eso los autores subrayan la necesidad de incluir a las parejas, a los hijos y a veces hasta a los nietos en los tratamientos, porque la cadena del dolor no se corta en una sola persona.
Vuelvo a la cocina de casa. Graciela me mira por encima del mate y me pregunta, con esa honestidad que solo da la confianza de años, si realmente se puede hacer algo por un padre que lleva un trauma encima desde hace décadas. Le digo que sí, que la ciencia dice que sí, pero que para eso hace falta que alguien lo vea, lo nombre y lo acompañe. Que en eso, y en pocas cosas más, se juega la posibilidad de que la próxima generación herede algo distinto. Algo mejor.
