El cuarto propio ya no existe: cómo las cámaras cambiaron la adolescencia
Adolescentes que duermen sobre sábanas impecables, paredes lisas y luces led. Una mutación silenciosa del refugio íntimo convertida en set permanente para una audiencia que nunca se apaga.
A mis lectores de siempre les pido que me acompañen a un viaje mínimo, apenas cruzar el umbral de una puerta. Imaginen que estamos en el comedor de cualquier casa de familia de Lanús o de Morón, un domingo a la tarde, y suena el timbre. Es la madre de una compañera del colegio que pasó a buscar a su hija para ir a estudiar para el examen de mayo. La mujer, Silvia, tiene 47 años y una paciencia infinita, y mientras espera que la chica termine de buscarse la mochila nos dice, con esa mezcla de queja y ternera que solemos usar los argentinos cuando hablamos de los hijos: "Entrá, entrá, pero no te asustes por el cuarto de mi hija. Yo ya no entro más, es un desastre total, parece que pasó un tornado". Y entonces, mientras la adolescente baja las escaleras, uno entiende que ese cuarto desordenado, con ropa sobre la silla, stickers en la pared y un diario íntimo debajo del colchón, es exactamente lo que tiene que ser: un espacio fuera del mundo, una trinchera privada donde se aprende a ser persona sin que nadie mire.
Eso que Silvia describe con naturalidad, ese pequeño caos hogareño que toda una generación reconocería como propio, es hoy una pieza de museo. Lo que aparece ahora en las redes sociales que miran las propias adolescentes y que ellas mismas miran obsesivamente es otra cosa: paredes pintadas en beige o en blanco roto, una cama que parece sacada de un catálogo de decoración, una tira de luces led que cumple la función de un reflector de filmación y, sobre todo, una superficie despejada donde ningún objeto personal delate el paso de alguien real por ahí. Es un set. Y la pregunta incómoda que queda flotando en el aire es para qué se necesita un set dentro de la propia casa.
La intimidad que se mudó de habitación
El sociólogo estadounidense Erving Goffman, al que muchos descubrimos en la facultad y otros tantos recordamos de paso, escribió hace más de medio siglo algo que sigue resultando incómodo de aplicar a la vida cotidiana: que todos sostenemos una especie de función pública, un "frente de escena", donde cuidamos la imagen que mostramos, y un espacio trasero, donde podemos aflojarnos, equivocarnos y ser feos sin consecuencias. Durante décadas, el cuarto de un adolescente fue ese espacio trasero por excelencia, un lugar donde el juicio de los padres se suspendía en cuanto la puerta se cerraba y donde el desorden era casi una declaración de independencia. Hoy, según advierte la escritora Sithara Ranasinghe, la habitación tiene "paredes de cristal": la frontera entre escenario e intimidad se disuelve porque una cámara puede estar encendida en cualquier momento, y aunque esté apagada, la conciencia de que podría filmarse modifica todo lo que el dueño del cuarto se permite hacer adentro.
Acá aparece una palabra en guaraní que me gusta mucho y que cada vez se usa menos: ñemity, que podríamos traducir como el derecho a ser uno mismo sin testigos. Es lo que pedía mi abuela chaqueña cada vez que se encerraba en su pieza de costura y no quería que nadie la molestara durante una hora. Ese ñemity es exactamente lo que los adolescentes están perdiendo cuando su cuarto empieza a parecerse al living de un programa de televisión. No se trata de un capricho generacional ni de una moda pasajera: se trata de un cambio profundo en la relación entre el espacio privado y la mirada pública, y se nota en detalles tan concretos como que ya nadie tira la mochila arriba de la cama al llegar del colegio, porque alguien podría filmar y subirlo.
- Las paredes se vaciaron de pósteres y recuerdos porque cada objeto personal puede delatar al dueño en una captura de pantalla.
- La cama se tiende como si nadie fuera a dormir en ella, porque podría aparecer encuadrada en un video en cualquier momento.
- Las luces led cumplen la función de reflector: iluminan el espacio como si fuera un set de filmación hogareño.
- La ropa sucia ya no se acumula a la vista: se esconde, se dobla, se guarda, como si la intimidad fuera un delito.
- El desorden, que era el lenguaje natural de la adolescencia, se convirtió en un riesgo reputacional que los propios chicos aprendieron a evitar.
“La adolescencia siempre fue un umbral incierto, un período de transición donde el error forma parte del aprendizaje. La pregunta que nos queda es hasta qué punto ese margen de imperfección sigue existiendo cuando el espacio íntimo se convierte en un set permanente.”Paola Meza, sección Sociedad y Vida
Vuelvo a Silvia, la vecina de Lanús, para cerrar esta nota como la empecé. La semana pasada me llamó para contarme que su hija, que ya cumplió los diecisiete, le pidió que le pintara el cuarto de color topo y que le compre una tira de luces que vio en una página de internet. Silvia lo hizo sin chistar, como hacemos los padres cuando queremos mantener cierto diálogo con los hijos, y mientras le pasaba el rodillo se quedó pensando en voz alta: "Yo a tu edad tenía la puerta cerrada con llave, y si alguien me filmaba el cuarto me moría de vergüenza. Pero esto es otra cosa, ¿no? Acá la vergüenza la tienen ellos, pero al revés". Tiene razón, y la frase de Silvia me parece la mejor síntesis de lo que está pasando: los adolescentes de hoy no se esconden de la cámara, se preparan para ella. Y en ese prepararse constante, que parece una trivialidad decorativa, se juega algo mucho más grande: el derecho a equivocarse a solas, el ñemity mínimo que toda persona necesita para después poder presentarse entera ante el mundo. Mientras podamos conversar sobre esto, como lo hicimos hoy acá, todavía estamos a tiempo de recuperar algo de esa habitación fuera de escena que supimos tener.
