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Jueves, 8 de octubre de 2026
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Dormir entre barricas y siglos: un palacio portugués donde el vino es la llave de la ciudad

En el corazón de Lisboa, un edificio del siglo XVIII que sobrevivió al gran terremoto de 1755 se reinventó como hotel temático. Recorrido a pie por Chiado, Bairro Alto y Príncipe Real, con parada en una copa de Oporto al atardecer.

Por Tomás GaunaTurismo y esteros · · hace 6 d
Dormir entre barricas y siglos: un palacio portugués donde el vino es la llave de la ciudad

Amanece en Lisboa y la primera luz se cuela por los tejados de Bairro Alto con ese tono dorado que parece filtrado a través de una copa de vino añejo, y uno entiende enseguida por qué los portugueses le toman tanta devoción a la hora temprana: es el momento en que la ciudad respira sin apuro, cuando los tranvías todavía no pelean con los turistas y los esteros de calzada van revelando, paso a paso, capas de historia que se apilan como los anillos de una barrica. Yo suelo arrancar el día en la parte alta, cerca del Miradouro de São Pedro de Alcântara, y desde ahí, antes de que el sol termine de afirmarse, ya se ve abajo la Baixa reconstruida en cuadrícula y, más allá, la silueta del castillo de São Jorge recortada contra el cielo, y uno toma dimensión de lo que fue capaz esta ciudad: levantarse entera después del terremoto de 1755, cuando la tierra se abrió y el mar terminó el trabajo, y aun así volver a ser Lisboa.

Un palacio de 1747 que se convirtió en hotel del vino

Frente a ese mismo mirador se levanta el Palácio Ludovice, un edificio construido en 1747 por João Frederico Ludovice, un orfebre alemán que terminó siendo arquitecto del rey João V y que también firma el descomunal palacio-convento de Mafra, esa mole que queda a unos cuarenta minutos y que vale como excursión de un día entero. El Ludovice de Lisboa sobrevivió al terremoto, aunque no sin cicatrices, y antes de ser hotel fue residencia aristocrática, consulado y, durante años, sede del Solar do Vinho do Porto, el bar que el Instituto del Vino de Oporto tiene en la capital para dar a conocer sus etiquetas. Cuando cerró ese capítulo, la familia dueña encaró una restauración larga, de más de diez años, a cargo del arquitecto y diseñador Miguel Câncio Martins, y reabrió en 2022 como hotel temático con 61 habitaciones, restaurante, tienda de vinos y spa.

La idea es que el vino portugués sea el hilo conductor de la experiencia: cada tarde, al regresar al cuarto, los huéspedes encuentran una copa y algo para picar esperando sobre la mesa, y junto a la recepción funciona una tienda del Instituto dos Vinhos do Douro e do Porto donde se pueden comprar botellas y pedir recomendaciones. El restaurante, que se llama Federico en honor al fundador, propone cocina portuguesa contemporánea con toques franceses y trabaja con la bodega del propio hotel, así que la sobremesa se vuelve una clase de cata sin que uno se lo proponga. Para dormir, las habitaciones están distribuidas en un cuerpo nuevo, más moderno, y en el palacio histórico, donde todavía se respira el aire de los siglos XVIII y XIX.

Un recorrido a pie por Chiado, Bairro Alto y Príncipe Real

Lo bueno de hospedarse en este punto es que las tres zonas más interesantes de la Lisboa antigua quedan a pocas cuadras y se pueden combinar en una sola jornada, eso sí, con calzado cómodo porque la ciudad es una montaña rusa de pendientes y adoquines. Mi sugerencia es arrancar bien temprano por la Igreja de São Roque, en Chiado: la fachada es austera, casi engañosa, porque detrás se guarda una de las capillas más extraordinarias del país, encargada en Roma por el rey João V y enviada a Lisboa pieza por pieza, como un mecano del Barroco. A pocos pasos aparece el Convento do Carmo, cuyas ruinas sin techo siguen siendo el testimonio más elocuente del terremoto: caminar entre los arcos apuntando al cielo es una experiencia que deja silencio y que, a mí particularmente, me remite a esa idea de que las ciudades también se curan mostrando sus heridas.

  • Bajar a la Igreja de São Roque y detenerse en la Capela de São João Baptista, armada en Lisboa tras un viaje en barco desde Roma.
  • Cruzar hacia el Convento do Carmo para ver las ruinas del terremoto y, si se puede, subir a la terraza del arqueosítio.
  • Tomar la Rua Dom Pedro V y entrar al jardín de Príncipe Real, donde un gran cedro hace de paraguas natural y los quioscos sirven cervezas y pasteles.
  • Buscar un café de los de toda la vida en las calles laterales, esos que todavía tienen las mesas bajas y el mostrador de zinc.
  • Terminar el día en Bairro Alto, donde después de las diez de la noche las tabernas se prenden con fado y la calle se vuelve un escenario a cielo abierto.

Para quienes piensen en el viaje desde la Argentina, las conexiones habituales a Lisboa suelen hacer escala en Brasil o en ciudades europeas como Madrid, París, Frankfurt y Ámsterdam, y conviene mirar combinaciones que lleguen a Humberto Delgado, el aeropuerto principal, a primera hora de la tarde para no perder la luz del atardecer sobre el Tajo. Una vez instalado en el hotel, la rutina se vuelve simple: bajar a desayunar, recorrer a pie la Baixa y el Rossio, subir a algún mirador, volver para la copa vespertina y salir otra vez a perder-se, como dicen los portugueses, es decir, a perderse sin prisa por las callecitas que bajan hacia el río.

“Quien haya entendido Lisboa sabe que no se visita, se cruza: se entra por un arco de la Alfama, se sale por un jardín de Príncipe Real y, en el medio, se toma un vino de Oporto en un palacio que ya vio pasar reyes, cónsules y ahora viajeros de todo el mundo. Si tienen la chance, sumen a Mafra en la lista: la obra grande de Ludovice, la que él soñó como su firma mayor, está esperando a media hora de la capital y completa el círculo. Anímense, que Lisboa no se defiende del visitante: lo adopta.”Tomás Gauna, Turismo y esteros
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Tomás GaunaTurismo y esteros

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