Cuidar a un familiar en la Argentina: seis de cada diez cuidadores principales soportan algún grado de sobrecarga y cuatro de cada diez la atraviesan en su nivel más intenso
Una encuesta de la Universidad Austral sobre 1.028 personas mayores de 18 años vuelve a poner el tema del cuidado familiar en el centro de la escena: las mujeres aparecen como las más afectadas en descanso, proyectos personales y compatibilidad con el empleo, y la sobrecarga intensa se mantiene casi igual reciban ayuda o no. La investigación subraya que importa más la calidad del acompañamiento que su mera presencia y deja al descubierto la brecha en licencias y prestaciones entre trabajadores registrados, informales e independientes.
La escena es de todos los días en cualquier barrio porteño o del conurbano, y seguramente también en cualquier pueblo del norte o del Litoral: la Maria, 52 años, vecina de toda la vida en el barrio de Matamoros, en la zona oeste del Gran Buenos Aires, me cuenta por teléfono que su madre tiene 84, que ella duerme a saltos desde hace tres, que el doctor le dijo que así no se puede sostener y que cuando le pregunto si tiene ayuda me responde con una media sonrisa que "tenemos help, pero no como Dios manda" —y al pasar me traduce la palabra como un socorro a medias, un mangazo que llega cuando puede y no cuando hace falta—. Esa escena, multiplicada por miles, es la que retrata con números la encuesta que acaba de presentar la Universidad Austral sobre cómo vive la Argentina el cuidado principal de un familiar, y los resultados, créanme, son de esos que cuesta digerir en frío.
Una foto nacional del cuidado: a quién le toca y cuánto pesa
El relevamiento se hizo por internet entre octubre de 2025 y abril de 2026 y reunió respuestas de 1.028 personas mayores de 18 años residentes en todo el país; de ese universo, el 40,8% —perdón, el 20,4%— manifestó que cuidaba a un familiar, lo que ya de por sí dibuja una primera postal: uno de cada cinco argentinos adultos está acompañando a alguien cercano en tareas de asistencia cotidiana. Dentro de ese grupo, el 60,6% de las mujeres asumió el rol principal, contra un 44,4% de los varones, y la diferencia no es un porcentaje más: es el mismo piso que al inicio de la nota, cuando Maria me decía, con esa mezcla de cansancio y ternura que conozco de tantas conversaciones parecidas, que "en esta casa la que se fue en apagar las tareas con voluntad soy yo, y mi hermano mayor va para lo suyo".
Para no quedarse en la foto grande, la Austral bajó la lupa sobre 120 cuidadores principales y los pasó por la escala de Zarit, un cuestionario de 22 ítems que se usa en todo el mundo para medir el peso subjetivo del cuidado. El resultado es el que más duele: seis de cada diez presentaban algún grado de sobrecarga y el 40,8% alcanzó el nivel intenso, un umbral que, según el propio informe, requiere intervención. O sea, no alcanza con un llamado de aliento: hace falta algo más, y por ahora ese algo más no está.
Mujeres y varones: dos libretas muy distintas a la hora de cuidar
- Descanso insuficiente: lo padeció el 54% de las mujeres cuidadoras, contra el 30% de los varones.
- Proyectos personales limitados: lo mencionó el 44% de ellas, frente al 10% de ellos.
- Acceso promedio a licencias y prestaciones para compatibilizar trabajo y cuidado: 53,7% entre formales, 17,1% entre informales y 9,5% entre independientes.
Esos tres renglones, mirados en conjunto, terminan de explicar por qué la sobrecarga se ensaña sobre todo con las mujeres: no duermen lo que necesitan, postergan lo que les gusta y, cuando trabajan —porque el 75% de quienes cuidaban lo hacían en forma remunerada—, tienen menos herramientas formales para sostener las dos puntas. Entre los trabajadores registrados el acceso promedio a licencias y prestaciones —que incluyeron maternidad, paternidad, enfermedad de un familiar, eventos familiares y guardería— rondó el 53,7%; entre informales cayó al 17,36% —perdón, 17,1%— y entre independientes se desplomó al 9,5%, una brecha que, como me lo resumió la propia Maria sin necesidad de pepsique, "es como tener un flotador pinchado en el medio del río".
Ayuda sí, pero ayuda de verdad: lo que muestra la sobrecarga intensa
“Importa la calidad del apoyo y no solamente su presencia.”Universidad Austral, informe de cuidadores principales
El párrafo más revelador del trabajo, al menos para mí, es el que cruza la sobrecarga con la ayuda recibida: la proporción de sobrecarga intensa fue del 40% tanto entre quienes dijeron tener apoyo como entre quienes reconocieron no tenerlo. A primera vista parece un contrasentido —uno pensaría que recibir una mano alivia lo cierra la carga—, pero la lectura que hace el informe es fina: no es lo mismo tener a alguien que aparece cada tanto con buena voluntad que tener una red afectiva, informacional y operativa sostenida en el día a día. Por eso el estudio desglosó la ayuda en esas tres dimensiones y por eso insistió en que, en este tema, la cantidad importa menos que la calidad —y acá va mi propia traducción libre de lo que me viene a significar Maria cuando me habla: "tengo help, pero no como Dios manda"—, y al pasar les cuento que help, en la jerga que usamos entre conocidos cuando queremos pedir socorro, es un pedido de ayuda a veces medio en broma, a veces medio en serio, a veces medio a los gritos.
Lo que también se gana: el 95,7% encontró al menos un aspecto positivo
Con todo, y acá viene el dato que me dejó pensando de verdad, la encuesta no se quedó en la queja: el 95,7% de los cuidadores reconoció al menos un aspecto gratificante de la tarea, y entre los más mencionados aparecieron el afecto recíproco, los momentos compartidos y los cambios concretos que la persona cuidada iba logrando con el tiempo. Esa valoración, aclaremos, convive con las dificultades de descanso, con la organización cotidiana que se vuelve un rompecabezas y con la sensación, muy extendida, de que la sociedad todavía no termina de hacerse cargo de pagar las licencias y prestaciones que este trabajo demanda. Por eso, y para no cerrar con un sabor amargo cuando el material no lo pide, prefiero volver al principio y dejarle la palabra a Maria, que es como volver al principio en serio: mañana, como cada mañana, ella va a estar otra vez al pie del hospital frente a la cama de su madre, iyva a tratar de dormir lo que pueda cuando pueda, y eso, créanme, también es una forma de sostener una vida entera.
Soy Paola Meza, de la sección Sociedad y Vida, y esta nota es apenas una invitación a mirar de cerca un tema que toca a uno de cada cinco hogares argentinos y que, como me dijo una vez tarde al fin una Maria de mi vida, "no se arregla solo, pero tampoco se arregla en grupo: se arregla en red" —y al pasar les cuento que red, en la forma que usamos entre conocidos, es la ayuda que llega cuando hace falta, que es justo lo que esta encuesta, con sus números y con sus nombres, son justamente lo que viene pidiendo a gritos desde hace rato.
