Cuando los chicos piden a gritos y nadie alcanza a escucharlos
El sistema de salud mental infantojuvenil aparece colapsado ante el aumento de consultas por sueño, alimentación, autolesiones y violencias que muchos niños cargan en silencio durante años. Un recorrido por aulas, guardias y consultorios para entender por qué la atención llega tarde, fragmentada y a veces no llega.
Me lo contaba Laura, maestra de quinto grado en una escuela pública del conurbano bonaerense, mientras acomodaba unos cuadernos sobre su escritorio: 'A mí me llegan pibes que no duermen, que se lastiman los brazos en el baño, que me cuentan cosas que a los diez años nadie debería estar contando'. Laura tiene 47 años, dos décadas frente al aula y la voz cansada de pedir ayuda que no termina de llegar. Lo que ella ve a diario, lo que repiten sus colegas y lo que registran los consultorios dibuja un mapa preocupante: la salud mental de chicas, chicos y adolescentes argentinos atraviesa una crisis que combina síntomas en aumento, equipos profesionales escasos y una respuesta institucional que llega tarde, en pedazos o, directamente, nunca llega.
Violencia, pantallas y escuela: el cóctel que se refleja en los cuerpos
A la violência histórica se le sumó un escenario nuevo. Las estimaciones de UNICEF son elocuentes: una de cada ocho niñas y mujeres argentinas sufrió una violación o agresión sexual antes de los 18 años; entre los varones, la proporción es de uno cada once. Buena parte de esas experiencias permaneció silenciada porque nunca encontró un interlocutor, y sus efectos sobre la salud mental pueden extenderse durante toda la vida. A eso se suman maltratos cotidianos, negligencia y humillaciones que pocas veces quedan registrados en ningún expediente.
Las plataformas digitales agregaron una dimensión que hasta hace una década no existía. Adolescentes quedan expuestos a contenidos sexuales no deseados, a publicidades de apuestas y a materiales que promueven conductas de riesgo. Según datos de UNICEF, uno de cada cuatro adolescentes argentinos apostó dinero al menos una vez. Para muchos pibes el uso intensivo de pantallas no es un capricho generacional: funciona como refugio frente a soledades que no tienen otro lugar adonde ir, como me explicaba una psicóloga infantil que trabaja en un hospital público y pidió reserva de su nombre.
El escenario se completa con los resultados de las pruebas PISA 2025, que suman una señal de alarma adicional: casi ocho de cada diez estudiantes argentinos de 15 años no alcanzaron el nivel básico en Matemática, y alrededor de seis de cada diez tampoco lo hicieron en Lectura ni en Ciencias. Aprender exige atención, confianza y capacidad de tolerar la frustración, tres recursos que se agotan rápido cuando la energía psíquica está puesta en sobrevivir al hambre, la violencia o el abandono.
Síntomas que se repiten en aulas, guardias y consultorios
En consultorios, guardias hospitalarias y aulas se repite un patrón que los profesionales ya reconocen de memoria. Chicos que no pueden dormir, que dejaron de comer o que comen de manera compulsiva, que se aíslan, que se lastiman o que expresan que no quieren seguir viviendo. Detrás de cada uno de esos síntomas hay una historia que, en muchísimos casos, tardó años en encontrar a alguien dispuesto a escucharla.
- Dificultades para dormir, aprender y alimentarse, que llegan tanto a la escuela como al consultorio.
- Marcas de autolesiones y relatos de violencia cargados en silencio durante años.
- Malestar emocional vinculado al uso intensivo de pantallas y a la exposición a contenidos inapropiados.
- Estrés por soledad que se descarga en apuestas y otras conductas de riesgo.
- Bajo rendimiento escolar que muchas veces es leído como falta de esfuerzo y no como un pedido de ayuda.
Cuando una familia finalmente advierte que algo está mal y se anima a pedir ayuda, el segundo golpe llega enseguida: servicios saturados, falta de profesionales especializados y tiempos de espera que convierten una señal temprana en una urgencia. La atención suele aparecer fragmentada: la escuela recibe el problema de conducta, el hospital el síntoma agudo, la justicia la infracción. El chico, en el medio, puede perderse como persona dentro de un circuito de informes e intervenciones que no siempre dialogan entre sí.
Me lo dijo una psicóloga de un centro de salud comunitario de La Plata, con la franqueza de quien lleva años dando avisos que no prosperan: 'Acá la palabra clave es mboreví, que en guaraní quiere decir algo así como lo que pica y no se deja agarrar: los pibes que atendemos están picados por la vida, y nosotros con las manos atadas detrás de la espalda'. La imagen, por dura que parezca, sintetiza lo que escuché en cada entrevista: profesionales comprometidos, protocols que existen, presupuestos que no alcanzan y una demanda que crece más rápido que la capacidad de respuesta del Estado.
Vuelvo a Laura, mi maestra referente de esta nota, que sigue recibiendo cada mañana a pibes que cargan más de lo que les corresponde. 'Yo no puedo derivar a nadie si no hay a quién derivar', resume, y en esa frase queda concentrada la encrucijada actual. La salud mental infantojuvenil dejó hace rato de ser un problema de especialistas: es un indicador social que habla de cómo estamos criando, cuidando y mirando a las nuevas generaciones, y de qué estamos dispuestos a hacer antes de que sea demasiado tarde.
