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Jueves, 8 de octubre de 2026
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Cuando la vida sacude la imagen de uno mismo: por qué la autoestima suele volver a levantarse y por qué a veces no lo hace

Un estudio de la Universidad de Zúrich siguió durante seis meses a más de mil adultos que habían atravesado una pérdida, una separación, un despido o un fracaso. La mayoría mejoró con el tiempo, pero un grupo reducido quedó atrapado en niveles muy bajos de autoestima. Qué dice la psicología sobre los factores que ayudan y los que traban esa recuperación.

Por Paola MezaSociedad y vida · · hace 24 d
Cuando la vida sacude la imagen de uno mismo: por qué la autoestima suele volver a levantarse y por qué a veces no lo hace

A los 53 años, Marta sabe lo que es sentir que el piso se mueve bajo los pies. Lo dice mientras ordena la mesa de un bar de barrio y cuenta que hace poco más de un año perdió el empleo en el que había pasado casi dos décadas, y que durante semanas le costó mirarse al espejo sin pensar que algo en ella había fallado. Una compañera del rubro le había comentado algo parecido y, cuando se reencontraron en la vereda, las dos coincidieron en una frase que después repitieron varias veces: uno se siente menos. Esa frase, tan simple y tan repetida, es la puerta de entrada a un fenómeno que la psicología viene estudiando con rigor: el modo en que una pérdida concreta termina golpeando la imagen que cada uno tiene de sí mismo.

Qué midió el estudio de Zúrich y a quiénes siguió

Un equipo de la Universidad de Zúrich publicó en 2026 un trabajo que acompañó durante 24 semanas a más de mil adultos alemanes que habían atravesado un episodio adverso en las seis semanas previas: la muerte de un ser querido, una separación de pareja, la pérdida de empleo, el fin de una amistad cercana o la reprobación de un examen. Cada participante completó cinco evaluaciones a lo largo del período y respondió cuestionarios de personalidad y de autoestima. La pregunta de los investigadores era directa: cuánto tarda en recuperarse la imagen que una persona tiene de sí misma después de un golpe y qué determina que algunas lo logren antes que otras.

El dato más auspicioso que arrojó el seguimiento es que solo el 11 por ciento de los participantes mantuvo niveles muy bajos de autoestima durante todo el período. La inmensa mayoría, incluso quienes habían arrancado en situaciones muy desfavorables, fue mejorando con el paso de los meses. Los autores lo resumen con un concepto que atraviesa buena parte de la psicología contemporánea: la habituación, esa capacidad que tenemos los seres humanos de ir acostumbrándonos a una nueva realidad hasta que deja de doler con la misma intensidad. Adaptarse, aclimatarse, seguir adelante: en la vida cotidiana se llaman de muchas formas, y en el lenguaje académico comparten un mismo apellido.

  • El peso emocional que cada persona le asigna al hecho: no es lo mismo vivir un despido como un trámite que como una sentencia sobre el propio valor.
  • El grado de control percibido: cuando uno siente que no puede hacer nada, el golpe suele hundirse más.
  • El impacto en la posición social: hay pérdidas que se sienten como una pérdida de lugar frente a los demás.
  • El cambio en la visión del mundo: la sensación de que la vida es injusta puedeinstalarse y alimentar una caída más larga.
  • El neuroticismo, entendido como la tendencia a interpretar los cambios desde un ángulo negativo, aparece como el rasgo de personalidad que más dificulta la recuperación, porque alimenta la rumiación, esa preocupación que vuelve una y otra vez sobre el mismo punto.

Entre los eventos estudiados, dos se asociaron con mayor dificultad para reconstruir la autoestima: la pérdida de empleo y el fin de una amistad. Las separaciones de pareja, en tanto, pegan de un modo particular cuando se viven como rechazo, porque el mensaje que queda en la cabeza no es solo que la relación terminó, sino que uno no fue elegido. La edad, finalmente, apareció como un factor protector: las personas mayores mostraron una recuperación más sólida,algo que los investigadores vinculan con más años de práctica en eso que en la jerga se llama regulación emocional, y que en criollo significa aprender, golpe a golpe, que las malas rachas también pasan.

Vuelvo entonces al principio, al mostrador de aquel bar donde Marta sigue atendiendo cada mañana. Dice que con el tiempo entendió algo que le costó meses aceptar: que aquel despido no había definido quién era ella, sino apenas una etapa que se había cerrado. Y dice también, mientras acomoda los vasos, que cada tanto se lo recuerda a alguna compañera más joven que está pasando por lo mismo, porque a los 53 ya vio suficientes caídas como para saber que, con paciencia y un poco de ayuda, la imagen de uno mismo termina volviendo a acomodarse. La ciencia, en este caso, le termina dando la razón: la mayoría se recupera, aunque nunca al mismo ritmo, ni del mismo modo.

PM
Paola MezaSociedad y vida

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