Cuando la mochila del colegio pesa más afuera que adentro: cómo acompañar el estrés escolar desde casa
La psicóloga Susan Albers, de Cleveland Clinic, advierte que la presión por las tareas y las calificaciones no se queda en el aula: se cuela en el humor, en el cuerpo y en la mesa familiar. Y que la primera herramienta para aliviarla está en los adultos que rodean al estudiante.
La escena se repite en casi todas las casas cuando empiezan las clases y se intensifica hacia fin de año: la mesa de la cocina todavía tiene las migas del desayuno, suenan los pedidos de último momento para conseguir un fichero o una carpeta, y en la habitación, detrás de la puerta cerrada, hay un pibe o una pibe que no quiere hablar. Lo que muchos traducen como "está en la edad del orto" suele ser, en realidad, el modo que tiene el cuerpo de decir que algo le queda grande. La psicóloga Susan Albers, de Cleveland Clinic, lo describe con una frase que me quedó dando vueltas: la presión del colegio no se termina cuando suena el timbre, se muda a la casa, y a veces hasta a la cena.
Cómo se nota cuando la exigencia se pasó de rosca
La especialista aclara que existe una exigencia que funciona como motor y otra que se vuelve una carga demasiado frecuente o demasiado larga en el tiempo. En el segundo caso, el cuerpo pierde oportunidades de recuperarse, la memoria de trabajo se satura y, paradoja de paradojas, al estudiante le cuesta más recuperar lo que estudió. Por eso recomienda explicarles esa relación: entender por qué cuidar el bienestar también es cuidar el rendimiento.
En el barrio de Boedo, Marta Pereyra, madre de tres y auxiliar en una escuela primaria, me lo resumió con los años que lleva criando y escuchando madres en el patio: "Cuando mi hija arranca con dolor de panza antes del examen, yo ya sé que no es la comida, es la ansiedad. Ahora aprendí a no agrandarla ni a pasarla por alto: le pregunto qué la preocupa, le busco un rato para charlar y después vemos qué se puede reorganizar". Tiene 52 años y, como muchos adultos, fue aprendiendo sobre la marcha.
- Cambios de ánimo que aparecen de un día para otro, sin un motivo claro, y que se mezclan con irritabilidad o llanto fácil.
- Dificultades de conducta en la mesa, en la hora de dormir o con los hermanos, que antes no estaban.
- Molestias físicas recurrentes como dolor de cabeza, de panza,contracturas o cansancio que no se explica por lo que hizo.
- Comparaciones constantes con lo que muestran otros en redes o en grupos de WhatsApp del curso.
- Sensación de estar permanentemente evaluado, incluso en el rato libre, que no lo deja bajar el umbral.
Qué pueden hacer los adultos desde la calma
Albers propone una primera medida que parece pequeña y no lo es: hacer una pausa antes de reaccionar. Si quien cuida también está estresado, mostrar cómo trabaja sobre esa dificultad y cómo pide ayuda termina siendo una lección mucho más potente que cualquier sermón. Y et algo que me parece clave: contar con otros adultos de confianza, afuera de la familia inmediata, que puedan contener al joven cuando las obligaciones lo sobrepasan.
“La manera en que responden quienes rodean a un estudiante influye en cómo este maneja la tensión. Hacer una pausa antes de reaccionar y mostrar que es posible pedir ayuda son recursos para afrontar las exigencias cotidianas.”Susan Albers, psicóloga de Cleveland Clinic
Para ordenar una jornada que parece no alcanzar, la psicóloga sugiere revisar con el estudiante qué requiere resolución inmediata, qué admite una espera y qué puede delegarse o, directamente, quitarse. Después, conviene partir la obligación prioritaria en acciones más chicas, hasta convertir una demanda que parecía imposible en pasos manejables. Es, en criollo, lo que las madres y los padres de toda la vida llamaron siempre "no comerse el elefante de un bocado": la palabra en guaraní que más se le parece es kyre'ỹ, ese sabor de sentirse sobrepasado, y que en las casas se combate charlando y repartiendo.
El tiempo libre también es territorio en disputa. Albers señala que las redes pueden prolongar la sensación de estar bajo evaluación, así que propone reemplazarlas, al menos por ratos, por actividades artísticas o meditación que permitan concentrarse en el presente. Como complemento, sostiene que los vínculos presenciales, esos que se dan en la mesa, en un paseo o en una charla sin pantalla de por medio, son los que terminan sosteniendo cuando la mochila pesa.
Vuelvo a la cocina del principio, a la puerta cerrada, a la frase que no sale. Si algo me dejó esta charla con Albers es una idea que vale para dentro y afuera del aula: la exigencia bien dosificada empuja, pero cuando se vuelve permanente, lastima. Y la diferencia, la mayoría de las veces, no la hace un cuaderno extra ni una app nueva: la hace un adulto que se detiene, respira y acompaña. Aunque más no sea para recordar que, en esta casa, también se puede pedir ayuda.
