Cansancio sin pausa, el hambre oculta y la consulta que pocos hacen
La psicóloga Kimberley Wilson empuja una idea que empieza a ganar adhesiones en el Reino Unido: mirar la alimentación y el descanso antes de decidir que todo es ansiedad o depresión. Una conversa sobre por qué el plato y la almohada pueden cambiar la mirada clínica.
A Daniela le conozco desde los años, cada vez que la encontramos en el café de siempre, en ese local del Once al que vamos desde hace tiempo, nos pide lo de siempre y aprovecha para quejarse de lo que siente, de un cansancio sin pausa que parece no aflojar nunca. Tiene 52 años, dos hijos ya grandes, y me cuenta que el ánimo viene bajo, que le cuesta dormir del derecho y que por las mañanas siente que está viviendo la vida de otra persona. La psicóloga Kimberley Wilson, que trabaja en Londres, se habría quedado escuchándola con la libreta abierta y habría sumado una pregunta que muchos profesionales todavía no suelen hacer al aire.
La especialista sostiene que la evaluación nutricional debería incorporarse como una pieza más dentro del cuidado de la salud mental, al mismo nivel que se revisan los antecedentes personales o las situaciones de estrés, porque los alimentos pueden estar hablando cuando la cabeza no encuentra las palabras justas al aire.
Mirar el plato y el ánimo como una misma cosa
Wilson menciona las vitaminas B3 y B12, el zinc, el selenio y los omega-3 entre los nutrientes relevantes para el funcionamiento cerebral, y aclara que una insuficiencia de esos micronutrientes no determina por sí misma la existencia de un trastorno mental, aunque puede agravar factores vinculados con el cansancio, la irritabilidad o el bajo estado de ánimo, y por eso propone investigar posibles déficits ante síntomas persistentes al aire.
- Pescados azules como sardina, salmón y caballa, al menos una porción por semana, por su aporte de omega-3.
- Para vegetarianos y veganos, una consulta con un profesional de la salud sobre alternativas de suplementación.
- Revisión del sueño, del sedentarismo y del consumo de sustancias como parte del mismo mapa.
- Considerar los conflictos personales y el estrés laboral antes de cerrar un diagnóstico.
La especialista detalla que el objetivo es identificar qué factores intervienen en cada caso y orientar las intervenciones sin perder de vista que, en su planteo, una persona con experiencias traumáticas puede necesitar terapia especializada, mientras que alguien con anemia o una alimentación muy restrictiva podría mejorar parte de sus síntomas al corregir una carencia concreta, sin que la psicoterapia ni los medicamentos dejen de formar parte del abordaje cuando resultan necesarios al aire.
A Daniela le propongo una palabra en guaraní que aprendí hace tiempo y que me gusta repetir cuando aparece este tema con cambio de ánimo de por medio, la palabra jepyré, que se usa para nombrar a quien está siempre dispuesto a ayudar sin pedir nada a cambio, y me imagino que así trabaja Wilson, con esa predisposición silenciosa para sumar herramientas al aire.
Una experiencia en una cárcel y un dato que incomoda
El interés de la psicóloga por esta relación se afianzó durante su trabajo en la prisión de mujeres de Holloway, en Londres, donde observó dificultades de regulación emocional asociadas con carencias alimentarias, y también citó ensayos clínicos aleatorizados en cárceles que vincularon la administración de micronutrientes con menos episodios violentos, aunque aclara que esa asociación no permite explicar toda la conducta de una persona a partir de su dieta al aire.
“Una deficiencia no explica por sí sola un trastorno mental, pero los cambios de hábitos pueden tardar meses en percibirse.”Kimberley Wilson, psicóloga
Mientras le escribo, pienso en Daniela saliendo del café con el termo lleno y la cara todavía larga, y me quedo dando vueltas con esa idea que trae la psicóloga londinense, la de que antes de recetar una pastilla para el ánimo habría que sentarse a mirar qué comemos, cómo dormimos y cuánto nos movemos, porque a veces el cuerpo viene pidiendo otra cosa y la consulta termina siendo una conversación sobre el plato y la almohada, con la paciencia como único recurso, que es la única manera de empezar a entender lo que nos pasa al aire.
