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Jueves, 8 de octubre de 2026
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Caminar por las tripas del Malacara, el volcán mendocino que se abre en colores

En el paraje La Batra, cerca de Malargüe, una familia criadora de animales convirtió un campo con tres cráteres en una propuesta turística donde se cruzan dos cárcavas y se termina mirando, desde arriba, la laguna de Llancanelo.

Por Paola MezaSociedad y vida · · hace 19 d
Caminar por las tripas del Malacara, el volcán mendocino que se abre en colores

A veces uno se imagina la cordillera como una pared infranqueable y resulta que, en el sur de Mendoza, hay volcanes que se dejan caminar por dentro como si fueran pasadizos abiertos a pico y pala por el tiempo. Eso es, exactamente, lo que propone el Malacara: meterse entre sus depósitos volcánicos, pisar roca amarilla, rozar paredes negras y terminar asomado, desde un mirador, a la laguna de Llancanelo, allá lejos, como una mancha de plata entre el campo. La salida es aire libre, sin grandes complicaciones, y la organizan los Quezada, una familia que hasta hace poco más de dos décadas criaba animales en ese mismo predio y hoy administra las visitas.

El Malacara está en el paraje La Batra, cerca de Malargüe, y tiene tres cráteres en la parte alta, aunque cuando uno lo recorre desde abajo casi no los ve: la forma del terreno y la vegetación los esconden. Lo que sí se ve, y se toca, es el esqueleto del volcán, esos corredores que la erosión fue abriendo durante siglos y que hoy permiten caminar por su interior. La visita atraviesa dos de sus tres cárcavas y suma una subida a un mirador desde el que se distingue, a lo lejos, la laguna de Llancanelo.

Un colorido que cuenta una historia

Lo primero que llama la atención son los colores. Paredes onduladas, zonas de roca amarilla y depósitos negros se alternan mientras uno avanza, y la luz se cuela por las aberturas superiores como si entrara por claraboyas naturales. El aire, además, es frío: circula entre las grietas y baja la temperatura aunque afuera haga calor. Es un paisaje que pide caminar despacio y mirar hacia arriba cada tanto.

Para entender por qué el Malacara parece pintado con dos manos distintas, hay que escuchar a Corina Risso, geóloga, investigadora y docente de la Universidad de Buenos Aires, que llegó al lugar en 2000 de la mano de Alberto "Beto" Quezada. Risso explica que el volcán se formó por la interacción del magma con el agua, posiblemente de una antigua laguna que estaba donde hoy está el cerro. Ese contacto fragmentó la lava y la alteración posterior de los materiales produjo buena parte de las superficies amarillas que hoy se ven en las paredes.

Cuando el agua dejó de intervenir, la erupción continuó y se acumularon materiales oscuros sobre los anteriores. Así, capa tras capa, el volcán fue quedando como un libro abierto: abajo, lo amarillo; arriba, lo negro. Mucho después, la erosión provocada por el agua y el viento abrió los corredores que hoy se recorren durante la visita. Esos depósitos son frágiles y pueden desgranarse al tocarlos, así que la caminata es para mirar y disfrutar, no para arrancar pedazos.

  • Qué ofrece la visita: una caminata por el interior del volcán, con observación de las formaciones y ascenso a un mirador con vista a la laguna de Llancanelo.
  • Qué se ve: paredes onduladas, roca amarilla, depósitos negros, luz filtrada por las aberturas superiores y aire frío entre las grietas.
  • Cómo se accede: por un camino que en 2006 se habilitó a partir de una antigua huella petrolera, hoy acondicionado para camioneta y maquinaria.
  • Quiénes lo administran: la familia Quezada, que dejó la crianza de animales en ese sector del campo para abrirlo al turismo.
  • Quién puso la base científica: la geóloga Corina Risso, que llegó al lugar en 2000 y presentó sus investigaciones en Malargüe en 2002.

La transformación del lugar fue de a poco. Las primeras salidas, según cuentan los propios Quezada, se hacían a caballo por senderos del predio, como cuando uno sale a recorrer el campo detrás de la tropilla. Con el tiempo, una antigua huella petrolera permitió ingresar con camioneta y, más tarde, con maquinaria para ir mejorando el camino. Hoy la propuesta combina la caminata, la observación geológica y la vista panorámica, y se convirtió en una de las excursiones fuertes del sur mendocino.

Mercedes tiene 52 años y vive en Malargüe desde que nació. La conocí en la plaza central, tomando mates, y me dijo algo que me quedó dando vueltas: "Acá siempre supimos que el Malacara tenía algo especial, pero hasta que vino la geóloga y después los muchachos empezaron a recibir gente, uno no terminaba de caer en lo que tenía al lado". Mercedes conoce el campo desde chica, cuando su padre llevaba animales a pastar cerca de La Batra, y asegura que ver el volcán con visitantes le dio "otra mirada". Esa misma mirada, la de quien redescubre lo que tiene delante, es la que se lleva cualquiera que se anime a la caminata.

“La propuesta combina una caminata, la observación de las formaciones y una vista del paisaje desde el mirador. ¿Qué te gustaría conocer durante una visita al interior de un volcán?”Pregunta del equipo de turismo de La Batra
PM
Paola MezaSociedad y vida

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