Calvo y Ambrossi le ponen cuerpo y voz a la obra truncada de Lorca: el cine como «qué hubiese sido si»
Los directores españoles convierten las cuatro páginas que Federico García Lorca dejó sin terminar de «La bola negra» en una película que imagina el destino de Carlos, un joven rechazado por un casino de Granada. Para escribir lo que el poeta no alcanzó a escribir, se apoyaron en cartas, testimonios y el elenco de personajes que el dramaturgo había proyectado.
Les tengo que contar una historia que me llegó hasta los huesos, de esas que a uno le dan ganas de sentarse a la mesa y charlar largo con un amigo. Imagine el lector que un poeta enorme, de esos que ya no nacen, escribe apenas cuatro páginas de una obra, deja en ellas un personaje cargado de preguntas sin respuesta y, antes de poder terminar lo que empezó, lo silencian de la peor manera. Sesenta años después de su muerte, que no fue cualquier muerte, dos directores españoles toman esas cuatro páginas y se preguntan, en voz alta, qué hubiera pasado si el dramaturgo hubiera tenido tiempo de sentarse a terminar la historia. Esa es, ni más ni menos, la aventura que se Mandaron Javier Calvo y Javier Ambrossi con «La bola negra», la obra inconclusa de Federico García Lorca, y de eso quiero que hablemos un rato.
Un manuscrito guardado como reliquia
El material de partida es tan breve como precioso. Son apenas cuatro páginas manuscritas, cuatro hojitas que el poeta había redactado antes de que el destino, en forma de balas, se le cruzara en agosto del treinta y seis, cuando apenas tenía treinta y ocho años. Ese papelito, que hoy se conserva junto con otros textos del autor dentro de un recinto blindado, mantenido a una temperatura estable de veintiún grados, como si fuera un vino de los buenos, contiene el arranque de una tragedia en miniatura: un muchacho granadino llamado Carlos que golpea la puerta de un casino para que lo dejen entrar, y una votación con bolas, blancas y negras, que define su suerte.
Carlos, el joven que quería jugar
Lo que Lorca tenía en la cabeza era bien concreto. Carlos busca ser admitido en el casino de su pueblo, y la decisión se toma por mayoría de bolas negras. Si caen más negras que blancas, queda afuera. En las cuatro páginas que llegaron hasta nosotros, el dramaturgo no escribió explícitamente por qué ese joven sería rechazado, pero él mismo se lo había contado a su amigo, el escritor y dramaturgo Cipriano Rivas Cherif, en una de esas conversaciones de sobremesa que los artistas sostienen cuando están armando una obra. La causa era una sola, y era la causa que a Lorca le dolía en lo más hondo: la homosexualidad del protagonista. No lo escribió en el papel, quizá por prudencia, quizá por pudor, quizá porque todavía estaba buscando la forma justa de decirlo, pero se lo dijo a quien se lo dijo.
Y acá viene lo que más me emociona de todo el asunto, porque uno, que ya peina algunas canas y lleva leído bastante, sabe que a veces las obras más potentes son las que nunca se terminaron. Lorca había proyectado un elenco de hasta treinta y seis personajes entre familiares y amigos de Carlos, todo un mundo alrededor del muchacho, y quedó todo en el tintero. De esos personajes, de esas voces que iban a poblar el casino, de las cartas del poeta y de los recuerdos de quienes lo escucharon hablar del proyecto se nutrieron Calvo y Ambrossi para escribir lo que Lorca no llegó a escribir. No para corregirlo, ojo, sino para imaginarlo.
“Todo es un «qué hubiese sido si». Esa es la llave de entrada a la película.”Javier Calvo y Javier Ambrossi
- La base es un manuscrito de cuatro páginas que Lorca dejó inconcluso en mil novecientos treinta y seis.
- La trama sigue a Carlos, un joven granadino que quiere ingresar en un casino y es rechazado por una mayoría de bolas negras.
- El motivo del rechazo, la homosexualidad del protagonista, no figura en el papel pero sí en el testimonio que Lorca dio a Cipriano Rivas Cherif.
- Los directores reconstruyeron la historia con cartas, recuerdos de amigos y el elenco de treinta y seis personajes que el poeta había planeado.
- La película propone una versión posible, no un final escrito por Lorca, y conserva el diálogo entre Carlos y su hermana que aparece en el fragmento original.
Voy a serles franco, como nos gusta serlo en esta sección: a mí, que crecí escuchando chamamés en la cocina de mi vieja mientras ella pelaba naranjas, estas historias me llegan de un modo especial, porque me recuerdan a esos tangos antiguos que quedaron con la letra a medio terminar y que otros músicos, décadas después, se animaron a completar. Uno piensa en la película de Calvo y Ambrossi y piensa en esos proyectos enormes que la historia se llevó puestos, y al mismo tiempo piensa en la terquedad hermosa de dos creadores que se plantan delante del agujero que dejó el tiempo y dicen, sin aflojar, bueno, acá algo se puede hacer. No van a devolver a Lorca, está claro, ni falta que hace, porque el poeta está más vivo que muchos vivos; lo que hacen es tenderle una mano desde el presente para que su personaje, ese Carlos que nunca llegó a jugar, pueda al menos terminar de cruzar la puerta.
Si el lector me pide un consejo de los míos, se lo doy sin vueltas: vaya a ver «La bola negra» con tiempo, con mate y con ganas de quedarse un rato largo en la butaca. No es una película para mirar de paso ni para revisar el celular a cada rato. Es una película para dejarse llevar por una pregunta que a todos, alguna vez, nos sacudió: qué hubiera pasado si aquella historia no se hubiera quedado a mitad de camino. Y de yapa, si después de la sala le quedan ganas, busque las cartas de Lorca, busque a Rivas Cherif, y arme la sobremesa. Le va a hacer bien, palabra de quien se lo cuenta.
