Un museo sin cartel en medio de la Puna jujeña: la apuesta silenciosa de Lucio Boschi
En la Quebrada de Huichaira, frente a Tilcara, el Museo Entre los Cerros funciona desde 2012 sin señalización ni publicidad. La decisión fue de su fundador, que quería que cada visitante llegara por sus propios pasos.
Hay veces que uno se cruza con lugares que parecen esconderse a propósito, y esa sensación es parte del viaje. Eso me pasó hace unos días cuando una vecina de Tilcara, Elsa, 58 años, me contó mientras tomábamos mate en su patio que cada tanto llegan al pueblo turistas preguntando por un museo del que nadie escuchó hablar, pero que parece estar ahí desde siempre. Se refería, claro, al Museo Entre los Cerros, ese espacio que uno descubre casi de casualidad, casi como si el cerro mismo lo estuviera cuidando.
El museo está en la Quebrada de Huichaira, sobre la ruta 9, justo frente a Tilcara, en la provincia de Jujuy, a unos 2.700 metros de altura. No hay un cartel que lo anuncie desde el camino, y esa ausencia no es un descuido: fue una decisión de su fundador, el fotógrafo Lucio Boschi, porteño de 60 años que hace años eligió los cerros del norte como lugar en el mundo.
Una casa de adobe que se volvió museo
Boschi llegó a la zona siguiendo el curso de la quebrada del río Huichaira, se topó con una formación natural que lo dejó sin palabras y decidió comprar un terreno ahí mismo. Primero construyó una casa de barro, con esa arquitectura de adobe que se mimetiza con el paisaje y deja entrar la luz de una manera que en Buenos Aires, me animo a decir, uno ni se imagina. Después, con el correr de los años, esa casa fue creciendo hasta convertirse en el museo que hoy recibe visitantes de todo el país.
Lo que más me llamó la atención, y se lo escuché decir a Boschi en más de una conversación, es que él nunca quiso hacer publicidad del lugar. Estaba convencido de que el público tenía que encontrarlo solo, casi como quien descubre un paraje fuera del mapa. Y así fue: los primeros visitantes fueron los chicos de la escuela de Huichaira, que bajaban caminando hasta el museo como quien va a jugar. Después vinieron los guías locales, los grupos de fotógrafos, y con el tiempo aparecieron curadores y directores de museos internacionales de primer nivel, que llegaron recomendados de boca en boca.
Una colección armada con cartas y paciencia
La colección permanente es una de las cosas que más sorprenden cuando uno entra al MEC. Reúne obras donadas por fotógrafos argentinos y latinoamericanos de mucho nombre: Marcos López, Graciela Iturbide, Martín Chambi, Alessandra Sanguinetti, Irina Werning y Rodrigo Abd, entre otros. Para armarla, Boschi no salió a comprar ni a buscar sponsors: escribió cartas a colegas y a contactos que había ido haciendo durante años de trabajo internacional en galerías y bienales. Y todos, uno por uno, le dijeron que sí. Esa generosidad habla mucho del respeto que se ganó en el ambiente.
- Una colección permanente de fotografía donada por autores argentinos y latinoamericanos de primer nivel.
- Una biblioteca especializada para consulta y trabajo de los visitantes.
- Talleres y residencias artísticas para fotógrafos que quieran pasar una temporada en la Quebrada.
- Un programa gratuito de formación orientado a jóvenes fotógrafos de las provincias, una iniciativa que a mí, particularmente, me parece de las cosas más valiosas que tiene el lugar.
- Un espacio abierto a la comunidad local, que funciona como punto de encuentro para los vecinos de Huichaira y Tilcara.
Si uno se decide a ir, conviene ir con tiempo. Las salas tienen luz natural, hay bancos para sentarse a mirar las fotos con calma y el ritmo del lugar invita a caminar despacio, casi como pide el cuerpo a esa altura. La referencia más práctica para llegar es la ruta 9 desde Tilcara; eso sí, el GPS puede no estar actualizado en los tramos finales de los caminos del cerro, así que lo mejor es preguntar en el pueblo. En guaraní, huichaira significa algo así como lugar donde brota el agua, y la verdad es que a uno le brotan otras cosas cuando camina por ahí, sobre todo ganas de quedarse un rato más.
Volviendo a Elsa y a su mate en el patio de Tilcara, lo que más le gustaba a ella del museo era eso: que no parezca un museo al uso, que esté integrado al paisaje, que no tenga cartel y que igual venga gente de todos lados. Decía, con esa sabiduría simple de la gente del norte, que las cosas buenas se encuentran solas, y que este lugar es la prueba. Yo la miraba y le daba la razón, porque a veces, en esta vida acelerada que llevamos, hace falta un sitio así para recordar que todavía existen lugares que esperan, sin apuro, a que uno los encuentre.
