Jueves, 27 de agosto de 2026
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Límites en la crianza: por qué decir "no" también es una forma de cuidar a los chicos

Especialistas en infancia sostienen que las normas claras, sostenidas con afecto, ayudan a los niños a tolerar la frustración y a regular sus emociones. La diferencia entre autoridad y autoritarismo, según psicólogas consultadas.

Por Paola MezaSociedad y vida · 27 de agosto de 2026 · hace 1 h

Son casi las ocho de la noche en un barrio cualquiera de Buenos Aires y María, 47 años, mamá de tres, está agotada. Le grita a su hija de cuatro que deje la tablet y la nena, claro, se desmaya en el piso del living entre llantos y pataleo. María mira al techo, respira, duda. ¿Insiste y vuelve a gritar? ¿Cede y le prende la tele? Le tira una almohada al destino y va a buscar el pollo a la cocina. La escena, multiplicada por miles de hogares argentinos, reabre un debate que no pasa de moda: ¿poner límites es cuidar o es avasallar? Cada vez más familias, con la mejor intención, prefieren conversar antes que ordenar. Y en esa búsqueda de respeto por los más chicos, muchas veces se cae en un pozo igual de problemático: la ausencia total de normas. Sobre eso hablamos acá, en serio y sin moretones.

La palabra de las especialistas

Para la psicóloga infantojuvenil Ivana Raschkovan, autora del libro "Infancias respetadas", la conversación no equivale a la rendición. "Conversar no quita autoridad; al contrario. La pérdida de autoridad ocurre cuando el adulto le teme al conflicto y lo evita. Si para esquivar un berrinche terminamos moviendo el límite, el mensaje se vuelve sumamente confuso", señala. La profesional distingue con bastante claridad dos palabras que muchos papás y mamás usan como si fueran sinónimos: autoridad y autoritarismo. "El autoritarismo es un abuso de poder. Respetar a niños y adolescentes no equivale a dejarlos hacer lo que quieran: el respeto está en el buen trato, no en la ausencia de normas", resume.

“La pérdida de autoridad ocurre cuando el adulto le teme al conflicto y lo evita.”Ivana Raschkovan, psicóloga infantojuvenil

La psicóloga Deborah Bellota coincide desde otro ángulo. Señala que los padres permisivos suelen ser muy afectuosos, pero muchas veces no sostienen los límites "por miedo a que el hijo se enoje con ellos". Esa dinámica, advierte, puede alimentar la autoestima, aunque también deja a los chicos con dificultades para autorregularse, baja tolerancia a la frustración y una resistencia bastante marcada hacia cualquier figura de autoridad fuera del hogar.

  • La crianza autoritaria se caracteriza por reglas rígidas y poca escucha del niño.
  • La crianza permisiva privilegia el afecto, pero carece de límites sostenidos.
  • La crianza democrática, también llamada autoritativa, combina normas claras, diálogo y contención afectiva, y es la más recomendada por los especialistas.
  • El "no" en un entorno seguro ayuda a construir tolerancia a la frustración, una capacidad que no aparece de manera espontánea.
  • Los límites funcionan como andamiaje emocional: sostienen al chico mientras aprende a regularse por sí mismo.

Cuidar, en criollo

Raschkovan es categórica cuando define el lugar de los límites: son, dice textualmente, "una forma de cuidado". Y lo explica con ejemplos bien terrenales, casi con la ternura de una abuela hablando en la vereda: "Son indispensables para aprender a vivir en sociedad. La vida misma ya presenta dosis diarias de frustración: hay que ir a dormir aunque quieran seguir jugando, no se puede almorzar caramelos, hay que dar la mano para cruzar la calle. Esas pequeñas frustraciones cotidianas van construyendo la tolerancia a la frustración". Ahí está, en esas escenas mínimas, el centro de la cuestión. Cuidar, en criollo, no es hacer siempre lo que el chico pide. Es acompañarlo mientras aprende que el mundo tiene reglas y que él, aún chiquito, puede transitarlas sin romperse.

Una aclaración útil para no perder el eje: en los años sesenta, la psicóloga Diana Baumrind describió tres estilos de crianza que siguen vigentes como mapa de orientación. El autoritario, con reglas rígidas y poca escucha; el permisivo, donde sobra afecto pero faltan límites; y el democrático o autoritativo, que combina normas claras con diálogo y contención. Es ese último, el democrático, el que la mayoría de los especialistas recomienda como punto de equilibrio razonable.

Ahora bien, hay un costado del que se habla menos y que resulta clave: la tolerancia a la frustración no brota sola. Se aprende. Y se aprende en casa, en esas peleas cotidianas por la hora de dormir, por la golosina antes del almuerzo, por la tablet después de la cena. Si un niño no experimenta el "no" en un entorno seguro, donde el adulto lo sostiene con afecto, es probable que no desarrolle los recursos emocionales suficientes para procesar situaciones difíciles cuando esté del otro lado de la puerta. Bellota, además, recuerda algo que muchos papás olvidan: el trabajo del adulto no termina cuando dice "no". Después viene lo más importante: explicar por qué, acompañar el enojo y reparar el vínculo. Así, el límite deja de ser un muro y se convierte en una mano tendida. María, mientras destraba el pollo y escucha el silencio del living, ya lo sabe, aunque todavía no lo pueda poner en palabras: a veces, la mejor forma de querer es sostenerse en el "no" sin romper el abrazo. La escena del principio vuelve sola, como vuelven siempre las cosas que todavía estamos aprendiendo.

Soy Paola Meza, sección Sociedad y Vida.

PM
Paola MezaSociedad y vida

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