La verdad de la isla según Lindelof: lo que pasó, lo que nunca pasó y por qué muchos lo entendieron al revés
A más de quince años del final de Perdidos, su cocreador volvió sobre los flash sideways de la sexta temporada, desligó a la isla del purgatorio y reveló el libro budista que les dio la llave para escribir el cierre de la serie.
Le digo de entrada, mientras se acomoda uno con el mate y la radio de fondo: hay cosas que el tiempo no termina de aclarar, y otras que, con el tiempo, se aclaran del todo. Esta nota va de lo segundo. Porque a más de quince años del final de Perdidos, una de las series que más dio que hablar en la Argentina de los años dos mil, su cocreador Damon Lindelof se sentó otra vez frente al tema y volvió a desmentir, con la tranquilidad del que ya no tiene nada que perder, la teoría más repetida por los fans: no, la isla nunca fue el purgatorio. Todo lo que vimos allí adentro ocurrió, de verdad, en el tiempo y en el espacio. Lo que no ocurrió, lo que nunca pasó en la realidad de la serie, fue esa otra línea narrativa donde el avión Oceanic 815 nunca se estrella y los personajes se cruzan como perfectos desconocidos en un Los Angeles alternativo. Sobre eso, justamente, habló Lindelof, y la explicación tiene más de mística oriental que de ciencia ficción a la americana.
El cierre de Jack y la línea que muchos malinterpretaron
La posición del guionista es concreta y se puede sostener con un solo fotograma. En el último capítulo, Jack Shephard cierra los ojos y muere. Eso, dice Lindelof, pertenece al relato principal, al hilo de lo que efectivamente sucedió en la isla durante seis temporadas. La Iniciativa Dharma existió, la isla existió, y cuando la pantalla se apagó, Hugo Hurley Reyes y Ben Linus seguían operando aquel lugar tan particular. Lo otro, esa sexta temporada que se desplegó en paralelo con un mundo donde ninguno se conoce, no fue una realidad alternativa ni un capricho temporal. Fue, según su creador, la experiencia de los personajes después de la muerte.
“Todo lo que siempre te hemos mostrado, todo lo que ocurre en la isla, ocurrió. Absolutamente, al cien por cien.”Damon Lindelof, cocreador de Perdidos
Esa frase, que él repitió en más de una entrevista, apunta a desactivar de raíz la lectura más popular: la de una serie donde nada había sido real y todo había funcionado como una gran metáfora religiosa. Para Lindelof, esa interpretación le hace el quite a seis años de trabajo. La serie cierra con un muerto en la playa, no con un sueño dentro de un sueño.
Un libro budista, un concepto incómodo y la decisión clave entre la tercera y la cuarta temporada
Lo interesante es cómo se llegó ahí, y acá la historia se vuelve casi de taller de. Entre la tercera y la cuarta temporada, los guionistas ya sabían que la serie terminaría con la muerte de Jack. La simetría les cerraba: en el piloto, el ojo del personaje se abre; en el final, ese mismo ojo se cierra. Lo que no tenían resuelto era qué mostrar después del deceso. La respuesta la encontraron en el Bardo Thodol, conocido en Occidente como el Libro tibetano de los muertos. El concepto del bardo describe, ni más ni menos, un estado intermedio en el que una persona muere pero todavía no se entera de que está muerta. Nadie puede avisárselo directamente, aunque puede recibir señales, huellas, pistas. Lindelof lo puso en sus propias palabras:
“La idea de bardo es un lugar al que vas cuando mueres pero no sabes que estás muerto. Nadie puede decírtelo.”Damon Lindelof
- La isla y todo lo ocurrido en ella fue real: la Iniciativa Dharma existió dentro de la ficción y Hurley y Ben continuaron al frente.
- Los flash sideways de la sexta temporada representan el estado posterior a la muerte de los personajes, no una línea temporal alternativa.
- El concepto se inspiró en el Bardo Thodol, el Libro tibetano de los muertos, y su idea de un más allá donde el difunto todavía no sabe que falleció.
- Los viajes en el tiempo introducidos al final de la cuarta temporada funcionaron como una cortina para que el público no descifrara el truco hasta el final.
- Los personajes, al recordar cosas que nunca vivieron en esa línea, terminan forzando la pregunta sobre qué es ese mundo.
Para que el recurso no se notara desde el arranque, los guionistas metieron los viajes en el tiempo al final de la cuarta temporada y construyeron la quinta entera alrededor de ese dispositivo. La idea, confesó el propio Lindelof, era que el público leyera los flash sideways como una paradoja temporal, como una de esas ramas alternativas que tanto gustan en la ciencia ficción, hasta que los propios personajes, al recordar situaciones que en esa línea nunca habían vivido, los obligaran a hacerse la pregunta incómoda: cómo puede alguien acordarse de algo que nunca le pasó. Esa incomodidad, esa pequeña grieta en la lógica del relato, era la pista para entender el verdadero significado del recurso. La serie, en definitiva, no nos contó que la isla era un engaño: nos contó que la muerte tiene sus propios pasillos, y que a veces uno se cruza con viejos compañeros de viaje sin saber todavía que el viaje, en realidad, ya terminó.
Si me permiten la licencia del final, yo que seguí la serie semana a semana, con el Discman cargado de podcasts en el subte y las discusiones en los foros de Taringa que ya parecen arqueología digital, les digo lo siguiente: vuelvan a la primera temporada con esta lectura en la mano. Miren de nuevo el ojo que se abre, miren de nuevo el ojo que se cierra. La diferencia, ahora que Lindelof lo aclaró, es enorme. Y para los que todavía dudan, mi recomendación es la de siempre: agarren el control, busquen el piloto, y miren Perdidos como se miran las grandes historias. Ojalá les sirva, como me sirvió a mí entenderlo quince años después.
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