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La trampa silenciosa de las billeteras virtuales: cuando el crédito exprés se come el sueldo

Tasas que triplican la inflación, letra chica que nadie lee y un país donde casi uno de cada cinco adultos no llega a fin de mes sin pedir prestado. Así se mete la gente en un laberinto del que cuesta salir, y así se puede empezar a desandar.

Por Paola MezaSociedad y vida · 30 de agosto de 2026 · hace 23 h

Lo cuenta Laura, 47 años, vecina del barrio Confluencia, mientras revisa el celular con esa cara de hartazgo que ya es un clásico en la cola del colectivo. "Pedí veinticinco mil pesos para pagar la factura de la luz y terminar de arreglar el caño del baño. Cuando fui a ver el resumen, me estaban cobrando el doble. Y lo peor no es eso, lo peor es que seguí usando la billetera para completar la compra del supermercado, porque total ya estaba adentro", me dice mientras niega con la cabeza. Su historia no es una excepción: es, literalmente, la de millones de argentinos que terminaron financiando la subsistencia cotidiana con créditos exprés que ofrecen las plataformas digitales y que, según reconocieron organismos oficiales, muchas veces se otorgan en condiciones cercanas a lo que la propia autoridad de aplicación califica como usura.

Yo vengo siguiendo este tema desde hace rato, y lo que me preocupa de verdad es cómo se cocina todo sin que uno se dé cuenta. El mecanismo es siempre el mismo y lo describió con una crudeza que asusta Pablo Tomasini, titular de la Dirección de Protección al Consumidor: la pantalla te muestra una tasa bonita, un número redondo que parece accesible, pero después la letra chica se encarga de sumar comisiones, cargos administrativos y condiciones que el usuario promedio jamás termina de leer. Para cuando la persona quiere regularizar lo que debe, la deuda original ya es otra, bastante más alta, y el bolsillo no llega ni a cubrir el primer vencimiento.

El país que se endeuda para comer

El trasfondo, claro, no es un problema de billetera virtual: es un problema de ingresos. Fernando Schpoliansky, secretario de Finanzas de la Municipalidad de Neuquén, lo dijo sin rodeos: salarios, jubilaciones, lo que factura un chico que vende ropa por Instagram o un comerciante de barrio con un kiosco, todo eso perdió contra la inflación en los últimos años. La gente no pide préstamos porque le guste ni porque sea financieramente desaprensiva; pide préstamos porque no le alcanza, y entonces financia la luz, el alquiler y la comida con la misma aplicación con la que antes compraba una remera.

“Esa deuda que era pequeñita se te va haciendo cada vez más grande producto de los intereses. Cuando te querés acordar, tenés un lío bárbaro.”Fernando Schpoliansky, secretario de Finanzas de la Municipalidad de Neuquén

El número que sintetiza este cuadro es de esos que a uno le quedan dando vueltas: la morosidad en Argentina ronda el 20%, casi cinco veces lo que se ve en países vecinos de la región, donde el indicador se mueve entre el 4 y el 5%. No es que los argentinos seamos más irresponsables con el crédito, es que las condiciones macro y las tasas que se cobran hacen que pagar sea, lisa y llanamente, imposible para una porción enorme de la población.

Cómo empezar a desarmar la bola de nieve

  • El Régimen Especial de Refinanciación de Deuda permite sacar préstamos de hasta 50 millones de pesos con una tasa fija anual del 35%, muy por debajo de lo que cobran las billeteras digitales. Tomasini lo definió como "una tasa muy accesible, diría blandísima" y está pensado para cortar el ciclo de intereses encadenados.
  • Si una empresa de cobranza llama de forma insistente, amenaza o propone condiciones abusivas, eso no está permitido: hay que guardar las capturas de pantalla y denunciarlo en Defensa del Consumidor para iniciar un reclamo formal.
  • Antes de aceptar cualquier crédito en una app, conviene leer hasta el último renglón de la letra chica y comparar la tasa efectivamente cobrada con la inflación y con el CFT (costo financiero total), que es lo que termina pesando de verdad.
  • Una vez afuera del pozo, la regla de oro es no volver a financiar gastos corrientes con plataformas digitales: si entra por un agujero, tarde o temprano sale por otro.

Laura, mi vecina del barrio Confluencia, todavía está pagando lo que pidió para arreglar el caño del baño. Cuando le pregunté si pensaba volver a usar la billetera para sacar un crédito, me miró como si le hubiera propuesto saltar al vacío. "Yo aprendí", me dijo. Y la frase me sonó sincera, pero también me dejó pensando que uno no debería tener que aprender a fuerza de perder plata, tiempo y sueño. Por eso vale la pena repetirlo, con la misma vehemencia con la que arrancamos esta nota: si hoy te sentís identificado con el relato, si ya estás adentro del laberinto, sabé que hay herramientas oficiales para empezar a salir y que ninguna letra chica, por más escondida que esté, puede estar por encima de tus derechos como consumidor.

PM
Paola MezaSociedad y vida

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