La oveja negra que nadie quería y terminó contando una historia de diez años
Laura Ferro expone en Fundación Larivière una investigación visual sobre la lana descartada por la industria ovina patagónica: fotografía, archivo familiar y una nube de fibra cruda colgada del techo.
Me crucé con Marta hace unos días, una vecina de 52 años que teje desde los quince, y me contó algo que me quedó dando vueltas: cada vez que va a la estancia de un tío en Chubut le dicen lo mismo, que la lana negra no sirve, que no la quieren, que es un problema. Me dijo, casi ofendida: "Pero si es la más linda que hay". Esa frase, sin saberlo, es el corazón de la muestra que la fotógrafa Laura Ferro acaba de inaugurar en la Fundación Larivière, en Caboto 564, en pleno barrio de La Boca, un lugar donde se respira el puerto pero también, por estos días, el silencio espeso de la estepa patagónica.
La exposición se llama "Lana negra" y reúne el trabajo de los últimos diez años de Ferro, mezclado con imágenes del álbum familiar y con una instalación central que ya se volvió la postal de la muestra: una nube negra, hecha con lana cruda sin ningún tipo de tratamiento, colgada del techo en el medio de la sala como si fuera un animal dormido o una tormenta detenida. La fotógrafa me explicó que esa pieza nació del duelo por la muerte de su padre: guardaba él unas muestras de lana en la mesita de luz, y al olerlas, Ferro sintió que había algo en esa materia que tenía que explorar desde otro lado, desde un lugar que se aleja del retrato y se acerca al duelo.
Una herencia que pesa y abriga
Ferro viene de una familia con al menos tres generaciones dedicadas a la cría de ovinos en la Patagonia. Su padre juntaba la lana negra que no podía vender y se la llevaba a tejedoras artesanales de la zona, que con esa fibra oscura hacían los sweaters para el trabajo en el campo, los que se arrugan, los que abrigan de verdad. Tras la muerte del padre, la fotógrafa encontró uno de esos pulóveres en un cajón, y ese hallazgo fue el punto de partida de una investigación que le llevó años y que ahora, por fin, se muestra en Buenos Aires.
El planteo es sencillo y a la vez incómodo: en la industria lanera patagónica, la lana merino vale por su blancura. Cuando una oveja negra aparece en el rebaño, se la separa de inmediato, porque una sola fibra oscura en un lote blanco lo arruina comercialmente. Esa lana queda afuera del circuito, sin precio, sin mercado, sin destino. Ferro, en vez de mirar para otro lado, puso la cámara encima de ese descarte y construyó una obra que cruza memoria, paisaje y herencia, con una honestidad que a uno lo deja pensando un rato largo después de salir de la sala.
El padre en fragmentos
- Una fotografía de 1924 con una oveja karakul negra, pequeña y de perfil, mezclada entre las blancas, que parece sacada de un álbum pero que el ojo avezado termina leyendo como parte del relato actual.
- Retratos de las ovejas descartadas, tomadas con la misma dignidad con que se retrata a una persona, de cerca, sin retoques.
- Paisajes de la estepa patagónica completamente vacíos de animales, como esperando que algo vuelva.
- La imagen de los residuos que quedan después del lavado industrial de la lana merino, ese barro blancuzco que también es parte del negocio.
- El padre de Ferro, que nunca aparece entero: sus botas al lado de las patas de una oveja, su pelo canoso confundiéndose con el vellón, sus manos abriendo la lana sin esquilar, como quien abre un mundo entero.
Sobre esa última foto, la de las manos del padre, la fotógrafa me dijo algo que se me grabó: "Son las manos de mi padre abriéndolo, como abre un mundo también". Esa frase resume la muestra entera, porque lo que Ferro hace con la cámara es exactamente eso, abrir un mundo que estaba ahí nomás, a la vista de todos los que pasamos por la Patagonia, y que sin embargo casi nadie miraba con detenimiento.
Negro no es un solo color
La muestra también propone una relectura del color, y acá viene un dato que a Marta, mi vecina que teje, la va a hacer sentir reivindicada: la llamada lana negra no es un solo tono, sino una escala de marrones, grises y hasta reflejos azulados que cambia según la luz y según la raza del animal. La industria la mete toda en la misma bolsa porque no le sirve, pero la mirada de Ferro la desarma y la muestra como lo que es, una paleta rica, variada, viva. En guaraní, la palabra tape significa camino, y a veces pienso que el trabajo de esta fotógrafa es justamente eso, abrir un tape nuevo sobre una materia que el mercado ya había descartado, un camino lateral que termina siendo más interesante que la ruta principal.
La exposición se puede visitar en Fundación Larivière, Caboto 564, y vale la pena ir con tiempo, porque hay fotografías que parecen antiguas y son actuales trabajadas en blanco y negro, y otras que parecen actuales y son rescates del álbum familiar, y uno termina dudando, mirando de cerca, tratando de adivinar qué época es cada una. Salí de la muestra con la sensación de que esa oveja negra que Marta me describió, la que nadie quería, terminó contando una historia de diez años que ahora es de todos, y de que a veces, en esto del arte, lo que la industria tira a la basura es justo lo que hay que levantar del piso y mirar con cuidado.
