Viernes, 4 de septiembre de 2026
Actualidad y noticias, al instante
Entretenimiento /

La nueva Nate Shelley: Ted Lasso aprende la lección que no supo dar a tiempo

La cuarta temporada de la serie introduce a Alice Chilton, una entrenadora asistente que recorre el mismo camino de resentimiento que el ex ayudante de Ted. La diferencia, esta vez, es que el Lasso de hoy detecta las señales antes de que sea tarde.

Por Aníbal BenítezCultura y espectáculos · 4 de septiembre de 2026 · hace 1 h

Tengo que confesarlo de entrada: me siento como en casa viendo Ted Lasso desde aquella primera temporada en la que un entrenador de fútbol americano cruzaba el océano para hacerse cargo de un club de la Premier League sin saber prácticamente nada del deporte que le tocaba dirigir. Fueron casi tres años de espera entre el final de la tercera entrega y el desembarco de esta cuarta temporada, que ya se puede ver en la plataforma de streaming, y la expectativa estaba a la altura de los mejores chamamés que uno guarda en la memoria: con esa mezcla de ansiedad y certeza de que lo que viene vale la pena. Por eso, cuando me senté a ver los primeros capítulos, lo hice con el oído afinado y el corazón abierto, como quien vuelve a un rancho querido después de mucho tiempo. Y la serie, otra vez, no defrauda: vuelve a hablar de fútbol, de vínculos y de esas pequeñas/grandes decisiones que cambian la vida de un equipo.

Una incorporación que incomoda desde el primer minuto

La que aparece como una de las caras nuevas del AFC Richmond es Alice Chilton, interpretada por la actriz Tanya Reynolds, a quien el público argentino recordará por su paso por la serie Sex Education. Chilton llega como entrenadora asistente del equipo femenino que la serie incorporó con fuerza en esta cuarta entrega, y desde el arranque se la nota diferente al resto. Tiene carácter, tiene conocimiento y, sobre todo, tiene una dificultad muy concreta para encajar en la cultura de equipo que Ted Lasso viene promoviendo desde el primer día: esa filosofía donde nadie es más importante que el grupo, donde la presión se reparte y donde un buen chiste en el vestuario vale tanto como una charla táctica.

En los primeros capítulos uno podía pensar que el papel de Chilton iba a ser el equivalente femenino del Roy Kent de las primeras temporadas: el asistente gruñón pero entrañable, el que dice las cosas que nadie se anima a decir, el que termina siendo el alma del vestuario. Pero la serie decide correrla del centro y llevarla, episodio mediante, a un lugar mucho más incómodo. Para el quinto capítulo el retrato de Chilton ya no es el de la colaboradora áspera de buen corazón: es el de alguien que empieza a parecerse, peligrosamente, a otro nombre que los seguidores de la serie conocen muy bien.

El espejo de Nate Shelley, esta vez a tiempo

Los que vimos las tres primeras temporadas recordamos bien quién es Nate Shelley. Arrancó como encargado del material, el chico tímido que nadie tomaba en serio, y Ted -con esa intuición que parece magia pero que no es más que empatía bien entrenada- lo fue empujando hacia adelante hasta convertirlo en entrenador asistente. El ascenso le sentó bien durante un tiempo, pero el problema de Nate nunca fue el talento: fue la grieta interior que se abría cada vez que sentía que el mundo no lo miraba como él creía merecer. Esa mezcla de inseguridad y decepción cocinada a fuego lento se transformó, en algún momento, en arrogancia y, después, en crueldad. Nate se volvió ácido con quienes tenían menos poder que él, y la serie no le regaló nada: lo mostró en su peor versión porque sabía que esa era la única manera de contar el camino de regreso.

Chilton arranca exactamente desde el mismo punto. Talentosa, sí; reconocida, también. Pero con una frustración que no sabe dónde poner y una sensación creciente de que el equipo que la rodea está más pendiente de la figura mediática de Ted que del trabajo serio que ella hace entre bambalinas. La chispa se enciende en un entrenamiento y se vuelve incendio cuando descubre que varias jugadoras conversan fascinadas sobre la vida personal del entrenador y no tanto sobre las indicaciones que ella les viene dando. La escena es corta pero incómoda, de esas que un argentino de mi edad reconoce al vuelo: la del que se siente invisible en su propio trabajo y empieza a cobrarse la deuda con quienes tiene más a mano.

Hay, además, un antecedente que pesa y que la serie no esconde. Chilton tiene historia previa con Gemma, la jugadora interpretada por Abbie Hern que llegó a alejarse temporalmente del fútbol por las críticas duras que recibió de la asistente. Ese dato no está puesto al azar: funciona como un alerta roja para el espectador y, sobre todo, para Ted, que ya sabe leer este tipo de situaciones porque las vivió en carne propia con su antiguo ladero.

La diferencia está en lo que Ted hace esta vez

Y acá es donde la serie muestra, con calma y sin golpes de efecto, lo que para mí es el corazón de esta cuarta temporada: Ted Lasso aprendió una lección que no supo dar a tiempo. En lugar de esperar a que Chilton cruce la línea que cruzó Nate -el punto donde el daño al grupo ya es irremediable-, el entrenador decide suspenderla durante un partido en cuanto detecta que su presencia empieza a ser perjudicial para el equipo. Es una decisión que rompe con el Ted más permisivo, más, de las primeras temporadas, y la serie no la presenta como una contradicción ni como un giro autoritario: la presenta, con mucha inteligencia, como la maduración de un hombre que entendió que ayudar a una persona no es lo mismo que tolerar que esa persona lastime a otras. Esa distinción parece sutil vista desde afuera, pero cualquiera que haya tenido que dirigir un equipo -de fútbol, de redacción, de familia- sabe que es de las más difíciles de llevar a la práctica.

Chilton, mientras tanto, queda en una zona gris que la temporada todavía tiene capítulos para resolver. ¿Podrá reconstruir el vínculo con el grupo? ¿Se quedará en el Richmond? ¿Habrá redención, como la hubo con Nate, o esta vez la historia pide otro tipo de cierre? Son preguntas que todavía no tienen respuesta, y que son, en buena medida, la mejor noticia para los que estamos enganchados: la serie se permite dejar abierta la puerta, sin apurarse.

Lo que me llevo, como siempre, a la mesa familiar

Yo no voy a ser el que les spoilee nada, porque cada uno tiene su manera de ver la serie y cada quien saca de ella lo que necesita. Pero sí les digo, como me gusta hacer desde que empecé a escribir estas notas, lo que me llevo yo al living de casa después de ver los primeros episodios de esta cuarta temporada. Me llevo la imagen de un Ted Lasso que ya no es el forastero desorientado del primer capítulo, sino un tipo que aprendió a poner límites sin perder ternura, que entendió que querer mucho a alguien no es incompatible con pedirle que se haga cargo de lo que hace. Me llevo el recordatorio de que las historias de redención -la de Nate, la posible de Chilton- no son garantía de que alguien cambie, pero sí son la prueba de que a veces alguien le tiende una mano a tiempo. Y me llevo, una vez más, la tranquilidad de saber que esta serie sigue entendiendo algo que muchas ficciones de hoy han olvidado: que se puede contar un conflicto serio sin dejar de lado el humor, la emoción y la fe en lo colectivo. Si todavía no la empezaron, les recomiendo tomarse el domingo a la tarde, preparar un mate bien caliente y dejarse llevar por el Sr. Lasso y su gente. No se van a arrepentir.

AB
Aníbal BenítezCultura y espectáculos

Te puede interesar