La inteligencia artificial se enchufó al tendido eléctrico y Estados Unidos empieza a sentir el peso
Los centros de datos que entrenan y operan modelos pasaron de consumir el 1,9% de la electricidad estadounidense en 2018 a casi el 4,4% en 2023, y las proyecciones oficiales los ubican hasta en el 12% del total hacia 2028; mientras tanto, comunidades locales ya bloquearon proyectos por 156.000 millones de dólares en lo que va del año.
Cada vez que uno le pide a una herramienta de inteligencia artificial que traduzca un texto, que genere una imagen o que resuelva una consulta larga, del otro lado hay un edificio enorme lleno de servidores que trabaja sin pausa, que se calienta como un horno y que necesita electricidad las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana, sin feriados ni domingos de descanso, y esa dependencia energética, que durante años pasó desapercibida para la mayoría de los usuarios, empezó a convertirse en una de las principales preocupaciones del sistema eléctrico de Estados Unidos, según un relevamiento del Lawrence Berkeley National Laboratory que fue publicado por el propio Departamento de Energía.
Los números son elocuentes y, a la vez, algo inquietantes: en 2023 los centros de datos norteamericanos consumieron alrededor de 176 teravatios hora, lo que equivale al 4,4% del total de la electricidad que se usó en el país, mientras que apenas cinco años antes, en 2018, esa participación rondaba el 1,9%, de modo que en menos de un lustro se multiplicó por más de dos, y las proyecciones oficiales para 2028 ubican el consumo en una franja de entre 325 y 580 teravatios hora, es decir, entre el 6,7% y el 12% de toda la electricidad de Estados Unidos, dependiendo del escenario que termine imponiéndose.
La red eléctrica no fue pensada para este ritmo
El problema, como bien señala el informe, no se reduce al volumen total sino a un desfasaje de velocidades que a esta altura ya se volvió estructural: un centro de datos se puede planear, financiar y construir en pocos meses, mientras que una línea de transmisión de alta tensión, una subestación nueva o una central generadora demandan años de permisos, audiencias públicas, obras civiles y puesta en servicio, de manera que la infraestructura eléctrica termina corriendo siempre varios pasos por detrás de la infraestructura informática, y ese atraso funciona como un tope concreto al ritmo de expansión de la inteligencia artificial, algo que en mi lectura personal es una de las paradojas más llamativas de esta década, porque la tecnología que se presenta como ilimitada empieza a chocar, justamente, con los límites físicos del mundo material.
- En 2018 los centros de datos consumían cerca del 1,9% de la electricidad estadounidense.
- En 2023 ese porcentaje se había elevado al 4,4%, con unos 176 teravatios hora.
- Para 2028 se proyecta una franja de entre el 6,7% y el 12% del consumo eléctrico nacional.
- La capacidad de cómputo se convirtió, según Jensen Huang, CEO de NVIDIA, en una fuente de ingresos por sí misma.
El dinero que empuja y las comunidades que frenan
Para dimensionar la presión económica que hay detrás de estos consumos alcanza con mirar los balances: NVIDIA cerró su segundo trimestre fiscal con ingresos por 96.221 millones de dólares, un 106% más que un año antes, y su división de centros de datos aportó 89.000 millones de dólares, casi el 93% del total, con un crecimiento interanual del 117%, cifras que dan cuenta de la velocidad con la que las empresas están dispuestas a ampliar parques de servidores para entrenar y operar modelos, incluso cuando las redes eléctricas locales no dan abasto, y ese contraste entre el dinero que entra y la infraestructura que falta es, a mi entender, el verdadero motor del debate que se viene.
A la presión sobre las redes se suma, además, la resistencia de las comunidades donde se levantan estos centros, y los datos disponibles son elocuentes: durante 2025, al menos 48 proyectos por unos 156.000 millones de dólares fueron bloqueados o demorados por oposición local, lo que muestra que el conflicto dejó de ser técnico y se volvió también político y social, porque detrás de cada obra frenada hay vecinos que se quejan por el ruido de los ventiladores industriales, por el aumento en las tarifas que llega cuando se refuerza la red, por el uso de agua para refrigeración y por el impacto visual de enormes galpones levantados en zonas rurales que hasta hace poco eran casi despobladas.
Yo soy de los que cree que la inteligencia artificial va a transformar buena parte de lo que hacemos, desde cómo nos informamos hasta cómo trabajamos, pero también soy de los que piensa que esa transformación tiene que discutirse a la luz de sus costos, y este es uno de los que más se suele pasar por alto: cada consulta que enviamos a un chatbot, cada imagen que generamos con un modelo, cada traducción automática que nos ahorra tiempo lleva asociado un gasto eléctrico real, medible y creciente, de modo que cuando hablamos de inteligencia artificial conviene recordar, como le escuché decir a más de un ingeniero en estos meses, que del otro lado de la pantalla siempre hay, también, una turbina girando, y que esa turbina, como cualquier otra, tiene un límite.
