El rencor que se instala: cuando el cuerpo termina pagando la cuenta de una ofensa que no se fue
Guardar un agravio sin trabajarlo no es solo un peso emocional: la medicina empieza a mostrar cómo esa carga se traduce en presión alta, insomnio, inflamación y un cansancio que no se explica con un mal dormir. Una mirada al precio físico de no soltar.
Me crucé con Marta hace unos días, en la puerta del kiosco de siempre, y me llamó la atención lo desmejorada que estaba. Tiene 52 años, dos hijos grandes, un laburo que le gusta y, hasta donde yo sabía, una vida más o menos ordenada. Sin embargo, se la notaba ojerosa, con la mandíbula apretada como si estuviera masticando algo que no se va, y una espalda cargada que ya ni el stretching de los martes le aflojaba. Le pregunté qué le pasaba, medio al pasar, y me dijo algo que se me quedó dando vueltas: «Hace cuatro años que arrastro una bronca con mi hermana que no la puedo sacar del cuerpo, literalmente no la puedo sacar». Esa frase, dicha en confianza mientras pagaba el pan, es el punto de partida de lo que sigue, porque lo que le pasa a Marta no es un drama aislado: es un fenómeno que la psiconeuroendocrinología empieza a describir con bastante precisión, y que la mayoría de la gente sigue mirando como si fuera solo un tema de carácter.
Cuando uno se queda pensando en por qué le conviene tener razón o en cómo le dejaron de hablar cuando más las necesitaba, conviene entender que eso no se queda en la cabeza, ni mucho menos en el terreno de la mala onda pasajera. A diferencia de la bronca puntual, que aparece con fuerza y se disipa, el rencor implica volver mentalmente sobre la ofensa una y otra vez, con una intensidad que no baja con el tiempo. Puede durar años, incluso décadas, y su origen puede ser una traición, una injusticia laboral, una ruptura o un conflicto familiar de esos que se enquistan en la mesa de los domingos.
Un cuerpo en alerta permanente
El primer registro de ese estado se ve en el sistema cardiovascular. El rencor sostenido eleva la presión arterial de forma crónica y acelera la frecuencia cardíaca incluso en reposo. El organismo interpreta el recuerdo de la ofensa como una amenaza activa y activa los mismos circuitos de alarma que dispararía frente a un peligro real. Ese estado de alerta repetido aumenta el riesgo de enfermedad coronaria, según coinciden varios estudios revisados en los últimos años.
En paralelo, el costo hormonal hace lo suyo. El cortisol, la hormona asociada al estrés, permanece elevado más tiempo del que le corresponde. Esa elevación sostenida altera el sueño, favorece la acumulación de grasa abdominal y reduce la sensibilidad a la insulina, lo que puede abrir la puerta a trastornos metabólicos. Por eso no es raro que la gente que arrastra un rencor viejo empiece a engordar sin explicación aparente, o que se levante con la sensación de no haber descansado ni un minuto aunque se haya tirado ocho horas en la cama.
La fatiga que genera el rencor no se explica por el esfuerzo físico. Es, como suelen decir los especialistas, el desgaste de sostener, sin pausa, una respuesta de emergencia que el cuerpo diseñó para ser breve. Cuando esa respuesta se cronifica, el organismo vive como corriendo una maratón que nunca termina: el motor se recalienta, las piezas se gastan y la nafta se termina antes de tiempo. En criollo, eso significa que uno se levanta cansado antes de empezar el día, se enoja por todo, y termina sospechando que algo orgánico le está pasando cuando, en realidad, lo que está pasando es emocional y se proyecta en el cuerpo con nombre y apellido.
“No hay evidencia sólida para atribuir al rencor una enfermedad específica, pero sí que mantiene activados mecanismos perjudiciales para el organismo de forma sostenida. El cuerpo que paga la factura es siempre el propio.”Norberto Abdala, psiquiatra especialista en psiconeuroendocrinología
Hay una palabra en guaraní, jepyré, que se usa mucho en el litoral para nombrar a esa persona que carga con todo y no le afloja a nada. A Marta la conozco de toda la vida y siempre fue un poco jepyré, de las que se hacen cargo, de las que no aflojan ni en la mala. Pero esta vez entendí que lo que ella arrastraba no era solo una pelea con su hermana: era una pelea con su propio cuerpo, que ya le estaba pasando la factura en forma de contracturas, presión y noches en vela. Y lo más importante, me dijo algo mientras se daba vuelta para irse, después de pagar el pan y las facturas, que me dejó pensando: «Lo peor no es la bronca con ella, lo peor es que ya me empecé a bronquear conmigo por no poder soltarla».
