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El hombre que le dio la vuelta al mundo solo y se lo quedó el mar

Joshua Slocum fue el primer navegante solitario en circunnavegar el planeta a bordo de un balandro reconstruido con sus propias manos. Once años después de la hazaña zarpó de nuevo y nunca regresó. Una vida entera de oficio, coraje y silencio.

Por Paola MezaSociedad y vida · 4 de septiembre de 2026 · hace 1 d

Acabo de volver de la verdulería del barrio cuando me cruzo con Marta, mi vecina de toda la vida, que tiene 63 años y una curiosidad que no se apaga con nada. Marta me pregunta de qué se trata esta nota y le cuento, mientras guardamos las bolsas en el umbral, la historia de un canadiense que se hizo marinero para escapar de la granja familiar y terminó dándole la vuelta al mundo solo, en un barquito que él mismo había levantado tabla por tabla de un pastizal de Massachusetts. Marta me escucha con la bolsa de naranjas apoyada en la cadera y me dice, con esa frase que en el Río de la Plata usamos para resumirlo todo: este hombre era un guapo, en el sentido más hondo de la palabra. Y tiene razón. Guapo, valientísimo, pero también callado, austero, lleno de un humor raro que parece de otro siglo.

Joshua Slocum tenía dieciséis años cuando se embarcó por primera vez, enrolado como cocinero y grumete para huir de la vida rural en Nova Scotia. De ahí en adelante no paró: décadas de navegación mercante, oficios varios en cubierta y una idea fija que maduró durante años. En 1895, ya capitán sin trabajo en un mundo que apostaba al vapor, zarpó desde Boston a bordo del Spray, un balandro pesquero de once metros que había reconstruido él mismo durante trece meses, sin más capital que su oficio. No había tripulación, no había fanfarria, no había expedición oficial. Solo un hombre, un barco y la promesa de volver.

Tres años, 46.000 millas y un reloj de hojalata

La travesía duró tres años y cubrió más de 46.000 millas náuticas. Slocum cruzó el Atlántico, bordeó el cabo de Hornos por el Estrecho de Magallanes, atravesó el Pacífico y el Índico, y regresó a Newport, Rhode Island, el 27 de junio de 1898. Era la primera vez que un navegante completaba ese recorrido en soledad, y el dato quedó registrado para siempre en los libros de historia de la navegación.

Lo que volvía a Slocum verdaderamente singular no era solo el coraje, sino la precisión artesanal con la que resolvía cada problema. Navegó sin cronómetro marino digno de ese nombre: usaba un reloj barato de hojalata al que le faltaba el cristal. Lo compensaba con estimaciones de posición, observaciones lunares y una memoria corporal del mar construida a lo largo de medio siglo de cubierta. Tampoco sabía nadar, y lo decía sin dramatismo: en medio del océano, nadar solo servía para alargar la agonía. Como le explico a Marta mientras desarmamos las bolsas en la cocina, había en él algo que los argentinos reconocemos al instante, ese apego terco a arreglárselas con lo que hay, sin quejarse y sin pedir permiso.

El ingenio del piloto fantasma y las tachuelas

En noviembre de 1909, a los 65 años, Slocum zarpó una vez más desde el puerto de Nueva York rumbo al sur, a bordo del mismo Spray. Nunca regresó. No hubo testigos del momento en que el mar se lo quedó, ni pedido de auxilio, ni rastro cierto. Solo la certeza de que un hombre que había sido el primero en algo terminó su vida sin que nadie pudiera contar cómo. La palabra guaraní que me viene a la cabeza, y que suelo explicar al pasar cuando aparece la ocasión, es yvytu, que quiere decir viento, ese aire que empuja las velas y que también, a veces, se lleva todo puesto. Pienso en Slocum como en un yvytu humano: alguien que se hizo a la mar empujado por su propio impulso y que el mundo devolvió cambiado.

Cuando termino de contarle todo a Marta, ella se queda un momento en silencio mirando por la ventana de la cocina, como si viera el Atlántico. Después me dice, mientras acomoda las naranjas en la frutera, que lo que más la impresiona no es la hazaña sino el detalle del reloj de hojalata y las tachuelas, esa manera de enfrentar lo enorme con lo mínimo. Y yo le contesto que sí, que probablemente esa sea la verdadera enseñanza que nos deja un navegante solitario: que a veces las vueltas más grandes alrededor del mundo se dan con lo que cabe en el bolsillo de un marinero que no sabe nadar pero sabe escuchar el mar.

PM
Paola MezaSociedad y vida

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