El hantavirus vuelve a golpear en Neuquén y deja al descubierto algo que nos obliga a mirarnos entre vecinos
Un segundo caso confirmado en un contacto estrecho del joven fallecido en Zapala reabre el debate sobre una variante que sólo se comporta así en la Patagonia argentina. Mientras los equipos de Epidemiología siguen de cerca a más de una decena de aislados, las recomendaciones vuelven a las mesas familiares.
El otro día, en casa de Miriam –mi vecina de toda la vida, 58 años, la que siempre me cuenta cómo cocina las empanadas los domingos–, me dijo una frase que me quedó rebotando: «Cuando nos enfermamos, lo primero que se mueve es el teléfono, para avisar al otro». Lo dijo mientras mirábamos por la ventana y empezaba a caer esa llovizna finita que en el sur tiene nombre propio. Y no pude dejar de pensar que esa cadena de llamados es, literalmente, lo que está ocurriendo ahora mismo en la zona andina de Neuquén, donde un segundo caso de hantavirus fue confirmado en las últimas horas en una persona que había sido identificada como contacto estrecho del primer paciente del año, un joven de 26 años que murió tras ser internado de urgencia en el Hospital Zonal de Zapala. Una historia que, como le dije a Miriam, no empieza en un hospital, sino en una cocina, en un galpón mal ventilado o en la tranquera de un campo.
Cómo se fue desencadenando el operativo
El nuevo diagnóstico surgió durante el seguimiento preventivo que el sistema de salud realiza sobre cada uno de los contactos del fallecido. Esa persona comenzó a manifestar síntomas tempranos y, ante la sospecha, se activó de inmediato el protocolo correspondiente: toma de muestras, internación y medidas de bioseguridad. El Laboratorio Central de la provincia confirmó luego el resultado y el paciente quedó internado en Zapala en estado estable. En criollo, se supo justo a tiempo: lo que en muchos otros virus podría pasar como un cuadro más, en esta parte del mundo se vigila con lupa.
Lo que vuelve especialmente delicado a este brote no es sólo la enfermedad en sí, sino la variante que está circulando. En la Patagonia argentina circula la variante Andes Sur, presente en Neuquén, Río Negro y Chubut, y es la única en el mundo en la que está documentada la transmisión entre personas. Eso ocurre cuando hay convivencia o exposición estrecha durante las primeras etapas de la enfermedad. Es un dato que, como me dijo un médico de la zona con tono cansino, «no es para asustar pero sí para entender que acá el virus tiene reglas propias».
- El resto de los contactos identificados continúa en aislamiento domiciliario estricto, con seguimiento activo y pasivo a cargo de la Dirección Provincial de Epidemiología.
- El operativo sanitario reconstruyó los vínculos desde el momento en que falleció el primer caso, un trabajador rural de la Región del Pehuén que ingresó al Hospital de Aluminé con fiebre superior a 38°C, dolores musculares, dificultad respiratoria y dolor abdominal intenso.
- Su cuadro se agravó rápidamente y murió en la UTI de Zapala tras un paro cardiorrespiratorio.
- Según la directora del Hospital de Aluminé, 15 personas fueron aisladas de manera preventiva desde el inicio del brote.
Por qué esta variante es distinta a todas las demás
El hantavirus se transmite principalmente por inhalación de partículas contaminadas con saliva, heces u orina del roedor colilargo, un animal reservorio habitual en la zona andina. Los espacios cerrados y mal ventilados concentran el mayor riesgo, y por eso las recomendaciones suenan casi de sentido común, aunque muchas veces se nos olvidan en la rutina. El síndrome cardiopulmonar que provoca empieza con fiebre, dolores musculares y cefalea –síntomas que se confunden fácilmente con otras infecciones–, pero puede avanzar con rapidez hacia una insuficiencia respiratoria grave. Es ahí, en esa ventana, donde el seguimiento cercano marca la diferencia entre un susto y una tragedia.
Las autoridades sanitarias vienen repitiendo un listado de cuidados que vale la pena volver a poner sobre la mesa: ventilar durante al menos 30 minutos galpones y espacios cerrados antes de entrar; evitar barrer en seco en lugares donde pueda haber presencia de roedores; mantener la maleza y la basura lejos de la vivienda; tapar grietas y orificios por donde puedan ingresar los colilargos, y consultar de inmediato al centro de salud ante fiebre o síntomas respiratorios sin causa clara. Son recomendaciones que, como le recordé a Miriam mientras me servía un mate, no cuestan plata ni esfuerzo y muchas veces dependen nada más que de un hábito.
“Cuando nos enfermamos, lo primero que se mueve es el teléfono, para avisar al otro.”Miriam, vecina de la cronista, 58 años
Quiero cerrar volviendo al principio, a esa cocina donde Miriam pelaba cebollas mientras afuera la lluvia se empecinaba. Porque lo que está pasando en la cordillera neuquina no es un hecho ajeno: es la prueba de que, en estos pueblos del sur, un virus que viaja en el viento de un galpón todavía puede llegar a la mesa de alguien que conocemos. Y que la mejor defensa, muchas veces, sigue siendo esa cadena de llamados que mi vecina conoce tan bien. Mba'eichapa, le dije al despedirme –una expresión en guaraní que ella usa para preguntar «¿cómo estás?» y que aprendí de chico, en esta tierra donde las fronteras entre las palabras de un lado y del otro son más porosas de lo que parece–. Y me respondió, como siempre: «Acá estamos, pendientes». Es la mejor síntesis que se me ocurre para lo que está viviendo la región.
