De dormir bajo una carpa prestada a cortar la cinta de su propia rotisería en Neuquén
Ezequiel Banegas llegó desde Azul sin un peso, acampó en la calle hasta que un vecino le acercó una carpa y, en apenas dos años y medio, construyó una clientela de 500 personas. Hoy, a los 36, estrena La Fonda en el barrio Mariano Moreno y ya piensa en un bodegón.
Me lo imagino todavía hojeando el celular en un grupo de Facebook, pidiendo una carpa para pasar la noche, mientras el frío de febrero le mordía la cara. Ezequiel Banegas tenía 33 años cuando llegó a Neuquén desde Azul, provincia de Buenos Aires, a dedo, en dos días, con la ropa puesta y sin un techo donde caerse muerto. Hoy, un par de años después, corta la cinta de La Fonda, su propia rotisería, y yo no puedo dejar de pensar en cómo una persona arranca casi de la nada y termina armando un proyecto que ya alimenta a quinientas familias. Lo que sigue es la historia de alguien a quien la calle le enseñó a ser ordenado, metódico y, sobre todo, paciente.
Una carpa, un almohadón y la primera red de contención
Las primeras noches de Ezequiel en Neuquén fueron a la intemperie, en pleno febrero patagónico. Cansado de tiritar, recurrió a un grupo de Facebook y pidió lo mínimo: una carpa para guarecerse. Raúl, un vecino del que apenas retiene el nombre de pila, le acercó una carpa, una almohada y un acolchado. Con eso pudo despegar. Poco después encontró lugar en un refugio de calle Belgrano al 2500, donde lo ayudaron a reordenar la rutina, vincularse con un laburo y volver a pararse. "Me ayudaron muchísimo a reintegrarme a la sociedad. Me sirvió para salir adelante", me contó Ezequiel, y uno entiende, escuchándolo, que esas palabras no son lugar común: son la descripción exacta de lo que pasó. En criollo, lo que le dieron fue un kite katu, una mano de las de antes, de las que te levantan en serio.
Trabajo, aprendizaje y una cocina que arrancó con dos hornallas
El primer laburo estable le llegó en el área de mantenimiento de una empresa de logística. Después saltó a un corralón en Cipolletti: arrancó vendiendo y se fue haciendo, escalón por escalón, hasta quedar como jefe de ventas. Esa experiencia, asegura, le dejó herramientas que hoy usa para conversar con proveedores, armar presupuestos y pensar cada peso como si fuera el último, que muchas veces lo fue. La cocina, mientras tanto, nunca dejó de rondarle la cabeza. Arrancó en casa, prácticamente con lo puesto: dos hornallas, un horno que no funcionaba y una heladera chica que apenas aguantaba la mercadería. Con eso salió a vender tortas fritas, chipá y bolas de fraile al Paseo de la Costa. Cuando la clientela respondió, fue sumando de a poco pizzas, empanadas y hamburguesas, siempre reinvirtiendo, siempre probando a ver si la gente picaba.
Las redes sociales hicieron el resto. Arrancó con quince seguidores en Instagram y se fue arrimando al millar. "Creció mucho todo en tan poco tiempo, eso es lo que me sorprende", reconoce, y al escucharlo se le nota la mezcla de orgullo y asombro de alguien que todavía está procesando lo que construyó.
Un año ahorrando, peso a peso, para abrir La Fonda
Durante un año entero se privó de casi todo con un solo objetivo: juntar lo necesario para abrir un local. "Todos los meses trataba de guardar algo. Me privé de muchas cosas", cuenta sin dramatismo, casi como quien repasa una rutina. El lugar apareció a metros de su casa, en Mitre y Correntoso, pleno barrio Mariano Moreno, y le puso un nombre con sabor a barrio: La Fonda, el mismo que elegís cuando querés que te traten como en casa. El local abrirá de lunes a domingo menos los martes, en dos turnos: mediodía, de 12 a 15, y noche, de 20 a 23.30. La carta, amplia y popular, incluye hamburguesas, lomos, empanadas, pizzas, tartas y burritos, y la idea, más adelante, es sumar un menú diario al mediodía para los que andan buscando un plato casero a precio razonable.
“Mi sueño es abrirme un bodegón, con platos abundantes y precios accesibles para las familias. Pero vamos de a poquito, paso por paso.”Ezequiel Banegas
Cierro la nota como la empecé, pensando en Ezequiel debajo de aquella carpa prestada por Raúl, en un Neuquén que todavía no conocía. Lo que más le importa de La Fonda, me dijo, es que quienes entren sientan que algo cambió para bien. Y yo le creo, porque detrás de cada plato de La Fonda hay una historia que empieza con un hombre acampando al rayo del sol y termina con quinientas bocas esperando la merienda. Si esto no es el país que queremos construir, por lo menos se le parece bastante.
- Inicio: llegada a dedo desde Azul en febrero de 2024, sin dinero ni techo.
- Primera contención: una carpa, una almohada y un acolchado que le acercó Raúl, un vecino de Facebook.
- Reinserción: pasó por un refugio de calle Belgrano al 2500 y recibió acompañamiento para reordenarse.
- Trabajo: mantenimiento en una empresa de logística y, luego, jefe de ventas en un corralón de Cipolletti.
- Cocina inicial: dos hornallas, un horno roto y una heladera chica para tortas fritas, chipá y bolas de fraile en el Paseo de la Costa.
- Crecimiento: clientela cercana a las 500 personas y una comunidad que pasó de 15 a cerca de mil seguidores en Instagram.
- Apertura: La Fonda, en Mitre y Correntoso, barrio Mariano Moreno, de lunes a domingo menos los martes, en dos turnos.
- Próximo objetivo: un bodegón con platos abundantes y precios accesibles para las familias.
