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A ochenta y cuatro kilómetros de la ciudad, un camino de postas y de asado criollo revive la huella del Alto Perú

Un trazado de dieciséis kilómetros entre la ruta 7 y Villa Ruiz, en el partido de Luján, conserva el pulso del antiguo Camino Real y lo actualiza con parrillas, granjas, viñedos y un menú de día completo para escaparse desde Buenos Aires.

Por Tomás GaunaTurismo y esteros · 3 de septiembre de 2026 · hace 1 h

Recién amanece sobre la ruta 7 y el parabrisas todavía carga la bruma que sube desde los campos bajos de Luján. Yo vengo pensando en cuántas veces uno pasa por el Acceso Oeste con el ojo puesto en el kilometraje y se pierde, a la altura del setenta y dos, un desvío que parece menor pero que termina abriendo una jornada entera de campo, de historia y de mesa larga. Es el Camino Secundario Provincial 064-05, el que los manuales guardan como Camino Real al Alto Perú, una huella de carretas que data de mediados del siglo XVII, cuando las postas servían para cambiar caballos, dormir una noche y volver a rodar hacia el norte. Hoy esas paradas se transformaron en restaurantes de cocina criolla, granjas con animales, cabañas para pasar el fin de semana, campings a la sombra de los eucaliptos, puestos de productos regionales y hasta un viñedo donde se catan cepas que uno no espera encontrar tan cerca de la General Paz.

El ingreso y la primera parada

El punto exacto para doblar está en el kilómetro 72 de la ruta 7, ya en el partido de Luján, a unos ochenta y cuatro kilómetros de Buenos Aires si se sale por el Acceso Oeste. A mano derecha aparecen los primeros establecimientos: un lodge con spa y propuestas de aventura que sirve como anticipo del tono del recorrido, y, dos kilómetros más adelante, una granja con laguna propia que es de las paradas obligadas. Allí la jornada se estira desde las diez de la mañana hasta la merienda, con un menú criollo de fiambres, empanadas, pastas, asado y postre, y con la posibilidad de sumarse a un taller de amasado de pan o de bajar a ver los animales. Es el lugar para llegar con tiempo, sentarse en el patio y dejarse llevar por la cadencia del campo antes de empezar a mover el auto.

Carlos Keen: el corazón del camino

A medida que el asfalto avanza hacia Carlos Keen, el trazado se va poblando de parrillas, casas de campo y comedores donde la cocina criolla se sirve con la calma de los domingos de siempre. Hay un comedor que funciona desde hace generaciones y que sostiene especialidades salidas de recetas familiares que, según me contaron, superan el siglo de antigüedad: es de esos sitios donde uno pide lo que pida el mozo y termina agradeciendo. Más adelante, en un bosque, aparece otro de los clásicos del camino, conocido por una picada que se estira en la mesa, por las empanadas de cuchillo y por unas carnes a las brasas que justifican el viaje por sí solas. Yo recomiendo llegar a Carlos Keen con hambre y sin apuro: el pueblo tiene unas pocas cuadras que invitan a caminar despacio, mirar las fachadas y entender por qué este tramo fue, durante siglos, un lugar de paso y de descanso.

De Carlos Keen a Villa Ruiz: viñedos, parque y campo histórico

Pasado Carlos Keen, el camino suma otra textura y se extiende hasta Villa Ruiz con varias paradas que bien valen la tarde. Lo que más me sorprendió fue el viñedo: tiene un recorrido entre cepas de malbec, pinot, tannat, cabernet sauvignon y marcelan, con catas y menú con maridaje, algo que uno asocia más con Mendoza que con la provincia de Buenos Aires y que sin embargo funciona muy bien como cierre del recorrido. Más adelante, un restaurante con parque amplio propone menú libre y se transforma en un club de día: búsqueda del tesoro, vóley, fútbol, juegos de mesa y taller de pan. Para los que buscan quedarse a dormir, cerca del final del trazado hay una casona de 1897 reconvertida en hotel de campo, y en los alrededores quedan comedores especializados en lechón a la estaca, bondiola con salsa de cerveza negra y pastas caseras que se sirven en porciones pensadas para compartir.

La capa histórica: Azcuénaga y las guerras civiles

El tramo también tiene una lectura histórica que vale la pena hacer despacio. En las afueras del pueblo de Azcuénaga se conservan parte de las instalaciones de una estancia construida en 1755, donde en 1834 se firmó un documento político relevante del período rosista. Por ese mismo lugar pasaron figuras centrales de las guerras civiles argentinas, y la sensación de pisar el mismo piso que las carretas del siglo XVII es una de las cosas que le dan a la escapada un espesor que excede lo gastronómico. No es indispensable visitarlo para disfrutar el día, pero sumarlo le da al recorrido esa segunda lectura que a mí, personalmente, me termina de convencer.

  • Saliendo desde Buenos Aires por el Acceso Oeste, tomar la ruta 7 hasta Luján y doblar a la derecha en el kilómetro 72.
  • Carlos Keen queda a doce kilómetros de ese giro y concentra la mayor densidad de parrillas y comedores criollos del trazado.
  • Llevar ropa cómoda y calzado cerrado si se piensa participar de las actividades al aire libre y del taller de pan en la granja con laguna.
  • Reservar con anticipación la parada en el viñedo con maridaje, porque las plazas son limitadas y la propuesta cierra temprano.

Si me preguntan cómo armar el día, les digo lo que hago yo cada vez que vuelvo: llego temprano a la granja con laguna, me quedo hasta la sobremesa, sigo hasta Carlos Keen para la picada y el asado, y termino en el viñedo con la merienda y la última copa, viendo cómo se pone el sol detrás de los eucaliptos. Para dormir, la casona de 1897 es una apuesta segura, y para los que quieran extender la escapada, los campings y las cabañas del camino permiten quedarse un fin de semana entero sin volver a pisar la ciudad. Les dejo la invitación abierta: dense una vuelta por este Camino Real que está ahí nomás, a poco más de una hora de la General Paz, y dense el permiso de almorzar lento, preguntar de dónde viene cada receta y mirar un rato largo el campo antes de pegar la vuelta.

TG
Tomás GaunaTurismo y esteros

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